Dicen algunas historias (que nunca sabremos cuánto mito y jiribilla poseen) que Fernando VII, rey de España en 1808, era llamado El Deseado y no precisamente porque sus padres ansiaran que viniera este mundo. Se cuenta que el monarca poseía un pene de cosa bárbara; de verlo y echarse a correr (y encima lo pintaron con tremendo cetro en la mano). Debido a eso, sus médicos le fabricaron una almohadilla circular con un agujero central para que pudiera penetrar a la reina María Cristina sin provocarle desgarros. De ese modo, la reina (que seguro lucía ojo Remi cada que ‘le tocaba’) sólo ‘inivtaba’ a entrar a la mitad del pene de Fernando. Su miembro era descrito como “fino como una barra de lacre en su base y tan gordo como el puño en su extremidad”.  Ese sí que aplicaba el fisting sin manos.

Ya que el término ‘desgarro’ no es tan probable cuando hablamos de amplias dimensiones. Por ejemplo las lesiones que propinan los violadores (mueran malditos) a sus víctimas casi siempre son provocados por la bestialidad con la que las penetran y porque ellas, obvio están terriblemente tensas, secas y tratan de zafarse. No obstante, sí hay quejas sustantivas de mujeres cuyas parejas cuentan con tamañas proporciones. Casi siempre requieren de lubricación artificial, mucho trabajo y relajación, buscar las posturas que les resulten más cómodas  e ir, digamos, controlando el grado de penetración que  su vagina permite.

Los griegos consideraban a los penes muy grandes algo antiestético; sus representaciones siempre eran más bien ‘en petit’. Pero ahora la estética busca un paquete prominente . El invento de la almohadilla utilizado por Fernando VII también lo usó -muchos años después- el rey Carol II de Rumanía, un portento en centímetros. También llamado ‘Playboy King’, por sus aficiones carnales, cuentan que muchas de sus amantes antes de pasar por el tálamo real debían someterse a ciertas intervenciones quirúrgicas para evitar desgarros perineales una vez entrados en materia. Vaya que las leyendas urbanas puede traer algo de realidad, pero no hay historiadores que den fe absoluta de ambos casos.

En el Kamasutra, su autor clasificó a los hombres en tres categorías según el tamaño de sus penes: liebre, toro y caballo. A las mujeres, según su capacidad vaginal, las dividió en ciervos, yeguas y elefantes. Vatsyayana recomendaba las relaciones sexuales entre iguales y vaticinaba grandes problemas para ciertas uniones ‘zoológicamente aberrantes’; vaya término. A pesar de que sabemos que la vagina no es una simple cavidad y su elasticidad es sorprendente, el tamaño de algunos penes puede requerir mayores cuidados y preparaciones para relaciones sexuales placenteras. También el sexo oral puede verse afectado, ya que ciertas mujeres tienen que convertirse en verdaderas ‘tragasables’ o terminar con desviación mandibular.

Hay expresiones sexuales para todos y lo básico es aprovechar el potencial erótico y emocional, ya sean morfologías o ideologías.

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