Toda persona apropiada de sí misma, de su cuerpo y en coherencia con sus individualísimas expresiones y deseos, se convierte en un sistema de cambio, de libre pensamiento y resolución hacia panoramas que le liberen de las estructuras de poder que agreden el espacio intangible que debe pertenecerle por derecho natural: la intimidad de sus pensamientos, de su sexualidad y de sus creaciones.


Hay que exponer los aún vigentes dispositivos de juicio y administración del placer, mismos que representan grandes retos para la sexología actual, a través del análisis del discurso del sexo como un régimen del saber para patologizar. El poder de la sexología debería residir en dejar de medicalizar el placer y hacerlo simple estadística.


Más que de una voluntad de conocimiento de la sexualidad, la incipiente sexología del siglo XVII, si así pudiera llamársele porque no fue acuñado el término hasta 1906 por Iwan Bloch, se caracterizó por un intento de institucionalización de las prácticas sexuales por medio de la medicalización arbitraria. Su mayor fuente: la confesión, práctica heredada del judeo-cristianismo, como dispositivo no para una comprensión de las conductas, sino para descifrar lo confesado y adjudicarle síndromes y síntomas. Requirió un sistema de patologización de las conductas en aras de darle un carácter de ciencia. Así dicha ‘sexología’ nació rota en su humanística, lo que ha provocado que una de las mayores tareas de las últimas décadas para la disciplina científica consista en ‘despatologizar’ y desmentir el viejo manual de comprensión de la sexualidad: todo lo antes cercado por el rigor de la ciencia exacta y su exigencia de ‘normalización’ de los sujetos, –no individuos- secuestrados de su libre apropiación. No obstante, cabe mencionar, de ese proceso de confesión se rescata la base de la actual terapia, en cualquiera de sus ramas. Ya no “para que preste un papel fundamental a la censura” como enuncia Foucault. Al final, requerimos ‘confesarnos’ para entonces ser guiados; aunque teóricamente no más en busca de la patologización de las conductas, sino de la generación de herramientas para crear balance y bienestar; con sus excepciones antiéticas, por supuesto.


No obstante, los sujetos estratégicos creados entonces por la scientia sexualis del siglo XVII: la histérica, el niño masturbador, la pareja malthusiana y el perverso, siguen siendo perseguidos por el diagnóstico hoy día. La homosexualidad como condición mental y hasta “del alma”, fue una de sus máximas creaciones, “…apareció como una de las figuras de la sexualidad cuando fue rebajada de la práctica de sodomía […]. El sodomita era un relapso, el homosexual es ahora una especie” (Foucault, 1976). Y no fue hasta 1973 que la homosexualidad se descartó del Manual de Desórdenes Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, DSM-III) pero no por ello culturalmente y socialmente integrada, y hasta el día de hoy apenas parcialmente; el homosexual sigue siendo para muchos una ‘especie’.


Ahora, la guerra contra los efectos del sexo que enfermaban a esos sujetos estratégicos de la scientia sexualis, también permanece, porque continúan abrigados por la moralina heredada por generaciones, aparentemente no como un discurso burgués para suprimir los impulsos de la fuerza de trabajo y adaptarlos al servicio del Estado como plantea la teoría foucaultiana; o bien, a través del control estratégico del matrimonio, la transmisión de riqueza y del parentesco capitalistas, sino como un sistema de vida cuyo motor son la tradición inexplicada y el miedo. Es más válido aún el rechazo por el rechazo, que la explicación científica actualizada que pretende refutar las medicalizaciones del deseo y del ars erotica: la verdad y el saber a través de la propia vivencia del placer. Porque todavía no se tiene real consciencia de placer; de placer sexual.
Hoy la ciencia –y cada vez al alcance de más personas, no se diga de la ‘burguesía’ actual gracias a la red- incisivamente ha explicado las preferencias genéricas u orientaciones sexuales, no sólo los beneficios sino la imperativa necesidad del autoerotismo, ha desmitificado la histeria, ha expuesto la diversidad en las expresiones comportamentales; sin embargo el peso del discurso represivo de la sexualidad continúa instalado en la mente colectiva. ¿Por qué esa información no se viraliza como lo hace una alerta de posible patologización de sus conductas? Probablemente el ser humano sí requiere de control, asume con mayor eficacia y comodidad la culpa o la probabilidad de ella, que su liberación. Y es, la culpa, el mayor impedimento para despatologizarnos. No podemos decir que la actual sexología esté teniendo la misma credibilidad que sus insipiencias del siglo XVII.


La burguesía no fue únicamente transmisora de los hallazgos de esa ciencia de medicalización para someter y mantener control de las clases trabajadoras en tanto vivían un ars erótica genuina; ellos mismos se sometieron a la represión, la adoptaron y la convirtieron en influencia. La burguesía marxista como mayor poder del capitalismo que requería de un proletariado normativizado para la producción: “El sexo no es cosa que se juzgue, es cosa que se administra”, (Foucault, 1976), se puso como ejemplo, ‘se administró’. La culpa es su mayor influencia, en la búsqueda de librarse de ella. Por ello cobró tanto poder, porque si ellos, los que tenían acceso a la ciencia, se sometían a ella (a la culpa), quienes aspiraban a su estilo de vida, entonces habrían de imitarles.


Revoluciones ideológicas y despatologización


Las revoluciones ideológicas tuvieron que nacer de la despatologización que surgió en ciertas mentes que interrogaron a dichos distintos dispositivos y estructuras. Dieron pie a las revoluciones liberal-burguesas de finales del siglo XVIII en adelante; y la emancipación de los cuerpos sexuales patologizados catapultaron a la misma revolución sexual muy entonada con los movimientos sociales, por ejemplo, de 1968 en Europa y América, donde el feminismo tendría tintes y clímax. Pero la sexualidad es pretexto y fin, tanto positiva como negativamente. Porque si bien, foucaultianamente hablando “en las relaciones de poder la sexualidad no es el elemento más inerte sino uno de los que están dotados mayormente de instrumentalidad: utilizable para el mayor número de maniobras y capaz de servir de apoyo, de bisagra a las más variadas estrategias”, también es detonante de la emancipación y la apropiación de libertades en su nombre.


Y es justo la sexualidad y su vinculación con el género la impulsora de la deconstrucción de este último, lo que “condujo a poner en entredicho la supuesta diferencia natural entre los sexos y dotó al pensamiento feminista de una herramienta poderosísima a la hora de explicar cómo la división de géneros, más allá de ser efecto de la diversidad biológica, constituye un orden socio–político para reproducir las relaciones de sometimiento de un sexo a otro. Se pudo teorizar así también la existencia de un sistema de dominación, el patriarcado, que reproduce la diferencia de género y garantiza el ejercicio de poder de un sexo sobre otro” (Posada, 2015). Así, también la mujer se desvinculó de su carácter de propiedad privada del padre y después del cónyuge; o de la Iglesia en caso de entregarse al servicio de la institución a falta de un conveniente arreglo para ser transferidas de dueño. Se redefinió la sexualidad femenina tan previamente apabullada desde la creación de la propiedad privada y teniendo un casi golpe de gracia tras la medicalización del placer del siglo XVII. Porque si el deseo debía ser prescrito por el dispositivo de sexualidad recién estrenado aún más debía vigilar los impulsos femeninos. Ella, la manufacturera de herederos, debía ser mayormente monitoreada. Esa construcción social, la obligación de procrear, definida por su sexo biológico; así como con la falsa inherencia de éste último al sometimiento fueron profundamente analizadas para implementación de estrategias que castigaran las prácticas “incompletas”, las “perturbaciones” del instinto, los “fraudes de la procreación”.

Más que el niño onanista o el perverso de la scientia sexualis, es la mujer quien está en mayor riesgo de desaparecer en su ser sexual, es completa en ella la aplicación del ciclo de lo prohibido del dispositivo de sexualidad: “no te acercarás, no tocarás… no experimentarás placer, no hablarás, no aparecerás; en definitiva, no existirás, salvo en la sombra y el secreto. […] no aparezcas si no quieres desaparecer”. Es por ello, que sin demeritar las luchas por las diversidades sexuales, el movimiento por la deconstrucción del género femenino reprimido y patologizado, es sin duda el mejor ejemplo de emancipación de esa era victoriana; de la historia entera.


Sin embargo, es preciso ubicar que esa emancipación no deja de ser, nuevamente y hasta nuestra era, limitada, para una clase social privilegiada. No podemos hablar de deconstrucción del género en una comunidad indígena, en realidades sociales distintas donde seguimos siendo objeto y propiedad, accesorios que son penetrados para una mera masturbación masculina y depositarias de la -deseada o no- descendencia; proclives a mayor violencia, a ser parte de la fuerza trabajadora por un menor sueldo. Si hay un sujeto sujetado con mayor fiereza, es definitivamente la mujer; por todos los poderes desde cualquier perspectiva filosófica, sociológica o médica.


Los retos de la sexología actual


Retomando la visible tarea de la actual sexología en la ‘despatologización’ de las conductas sexuales, es necesario apelar al origen de la adaptabilidad social al sistema de culpa antes mencionado. Y es que el Poder, el verdadero, no es el Estado, o el capitalismo, éstos han tomado como vía los mecanismos de control ya instituidos por la empresa religiosa, plenamente difundidos y abrazados por su sistema ejecutor, la familia. El miedo a la condena es quizás el mayor impulsor de prevalencia de la medicalización y normativización sexuales. La sexología además de su labor investigativa, científica, en humanística requiere instar a un mayor cuestionamiento de los dogmas y las creencias institucionalizadas a través de la fe. Representa un reto casi discordante con ciertos preceptos como el respeto a las creencias espirituales. Pero, no habremos de infiltrar los resultados de la ciencia sexual actualizada salvo que el duro tejido instalado por la herencia judeo-cristiana, pueda ceder; pueda ser debatido, cuestionado. No obstante, en nuestras sociedades donde la calidad humana se mide a través de entregarse a los misterios de la fe, sin preguntar ni refutar, so pena de culpa, el reto es inmenso.

REFERENCIAS:

  1. Foucault, Michel. “Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber”. Grupo Editorial Siglo Veintiuno, cuarta reimpresión, 2017.
  2. MLA: Posada, Luisa. “El “género” Foucault y algunas tensiones feministas”. Estudios de Filosofía, 52 (2015): 29-43. Grupo de Investigación de la Universidad Complutense de Madrid-España: Grupo Interdisciplinar de Investigaciones Feministas (INVESFEM/ Referencia 971671).
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