En esta era de evolución en verdad urge -porque todos lo merecemos- reestructurar ciertas dinámicas sexuales: que venimos cargando desde hace siglos, de manera literal. Hoy, enfoquémonos a dos mitos (que se vuelven muchos)  que precisamente están generando dichas dinámicas.

El primero tiene que ver con la forma de penetrar, con los embates que el pene le da a la vagina cuando a bien hacen tener un bonito encuentro. Cuano el Sr. Pene visita a la vagina. El 99.99999 por ciento de los hombres -y porque es obvio- al iniciarse en las artes amatorias buscó información sobre cómo debía embatir a una mujer, penetrarla. Claro, también pudo hacerle caso a su instinto y aquí vamos. Mucha de esa información provino de los amigos, del Don Juan en potencia que creyéndose un experto amante y que le transfirió sus deficiencias y claro, vino el porno (desde las versiones beta hasta el pornotube) y , nuestro querido aprendiz, comprendió, mamó, registró en su cabezota que un hombre debe penetrar cuanto antes a la chica (en la porno se ve que apenas lo ve y ella se derrite por ser penetrada), y una vez pene dentro debe empujar y salir reiterativamente como perrito en parque. Rapidito y cuanta más fuerza le metiera, más vigoroso se mostraría. Ella, con seguridad debía responder como la estrella porno, es decir, gritar como desaforada de placer, poner ojo de huevo cocido y tener un orgasmo instantáneo por el mero poder de su varita mágica, dígase pene. Y -jouli god- que eso no sucede. A la hora de las realidades, ella, que quizás también aprendió que en cuanto sintiera un pene dentro de su vagina la subsecuente reacción que surgiría de ella naturalmente eran justo esos gritos y ojo volteado así como un orgasmo avasallador. Y pues resulta que no.

Entonces vienen las complicaciones, él, no sabe qué hizo mal. A base de estar dando embates constantes, fuertes y sin la menor erótica, termina o sea del verbo  eyacular y  en poco tiempo. Y además le queda la enorme duda ¿por qué ella no llegó al orgasmo? ¿Es malo, hay algo mal en él, es normaaaal?

¿Saben qué fue lo que hizo él? Simple, se masturbó con la vagina de su chava. Piensa que hizo el amor, o que tuvo sexo -emociones aparte- pero no, se masturbó con una vagina.

Luego ella, tampoco se explica qué pasó, por qué no surgieron de manera automática esos gemidos placenteros y retorcidas de éxtasis. Comienza también a pensar que algo está mal en ella, que no es normal. Ella lo único que sintió fue un pedazo de carne dentro de su cavidad vaginal que entraba y salía e incluso hubo dolor, al menos un poco. Y así dicha chava, puede llegar a señora con hijos jurando que así es el sexo, que así se hace el amor y no comprende porqué ella nunca lo disfruta o como que le gusta, como que a veces siente ‘alguito’ pero no bien. Fin de su historia sexual. Incluso, esa es la causa por la que muchas mujeres se creen anorgásmicas y llegan a una terapia sexual y dicen ‘no puedo tener orgasmos’; sin saber que tiene todo el potencial pero nunca ha hecho el amor, toda la vida se han masturbado con su vagina. Aquí el segundo mito.

Él, tal vez pudo no haber tenido acceso al porno pero sí -obvio- como única guía a su instinto y en efecto, la excitación masculina puede llegar a ser tan súbita que los lleva a querer penetrar y no parar no parar hasta conseguir la dichosa eyaculación, la cual -concedido- llega casi siempre en unos cuantos minutillos. Y eso, claro, soportado además en su pobrísima capacidad auto erótica, porque igual en casa y solo, lo único que hace es tirar de su pene frenéticamente y claro, a los dos, tres minutos, va pa afuera.

Entonces, rediseñemos. Ya estuvo bueno de tumbos. Para empezar ninguno de los dos tiene la obligación de saber cómo, ni cómo funciona el otro ni de descubririlo ni de enseñarle quién es y lo que DEBE de gustarle.

Es responsabilidad de cada quien explorarse, reconocer sus mapas de reflejos eróticos y sus puntos de placer. Ninguna vagina es igual, ni en forma ni en zonas sensibles. Ningún cuerpo es igual. Y no hay videntes sexuales, que te ven e ipso facto saben lo que te va a gustar.

Claro, hay puntos de convergencia y el primero y más importante es que una mujer requiere de muchos estímulos previos, de caricias, de erotismo de besos y de acuosidad en su boca para tener la lubricación ideal, para preparar su cuerpo para recibir al pene. Por otro lado, ella no tiene el clítoris en la entrada de la vagina ni en el interior. El órgano que le permite llegar al orgasmo es el clítoris y con una simple penetración no va a lograrlo. Necesita ser estimulado ya sea por el roce de la pelvis o manualmente. Y, claro, oralmente.

Por eso la erótica es tan importante, imprescindible: acompasar las respiraciones, comunicarse (y no necesariamente con palabras), tomar un ritmo en común, saborearse. De esa forma, además él logra la maestría para administrar sus tiempos, para recibir placer no sólo genitalizado. Para aprender a ser acariciado (cosa que quizás nunca aprendió en casa), a ser estimulado también en el pene manual u oralmente y descubrir que en ese miembro hay zonas específicas de placer. Entonces sí, cómo no, proceder a penetrar. Y ella, con pleno conocimiento de su cuerpo, puede indicarle qué tan lentos, profundos, rápidos o no requiere los embates.

Muchas mujeres sienten mucho más placer al recibir una penetración poco profunda, apenas en el vestíbulo, varios, lentos, y después ser penetradas a mayor profundidad. Y repetir, casi retirar el pene, masajear el glande en la entrada de la vagina y profundizar. 

Su vagina va despertando, se va activando y el pene descubre la multidimensión que hay en ese entrar y salir. Si eso además va acompañado de caricias clitoriales, besos, posturas distintas, ¿creen que no van a lograr los deseados jadeos y ojos de huevo cocido? No se trata de ser estrellas porno sino de ser amantes. De sentir. Simple. Y no importa si vas empezando tu vida sexual o ya la tienes más que estrenada. Hay que rediseñar y encontrarán muchas respuestas.

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