Y el Internet vino a cambiar la faz de la humanidad. No sé cómo no apareció en las Profesías de Nostradamus como el generador de una nueva configuración del homo sapiens: cuando comenzó a confundirse entre su realidad física y su existencia virtual.

En ambas existe, se involucra emocionalmente, se refleja, se inventa y reinventa, ama, tiene sexo. Pero  en el mundo de la mega red, además, puede generar una realidad que físicamente cree inalcanzable (porque no se ha dado cuenta que tiene la capacidad de crear su realidad offline).

Entonces se transforma en el ser que desee, navega ‘metido’ en él. Es implacable, sensual, viril, cabrona, y mientras la webcam no sea imperativa, o pueda usar máscaras frente a ella, también puede tener bellísimas proporciones, nalgas perfectas, un enorme pene o una perfecta entrepierna: un alma virtual que sabe excitar y satisfacer a la velocidad de un megabit. Y se descubre increíblemente gozoso y pleno, más seguro y eficaz que en el espacio donde vive su cuerpo. Pese al enorme impacto, aún hay quien posee la perspectiva de que las relaciones virtuales son meramente ilusorias.

Tener sexo con una web cam -o mejor dicho autoerotizarse frente a un monitor que muestra a otro manipulando sus genitales y narrando su experiencia-  les resulta que no es sexo. No se trata de sexo. Y que mientras el acto erótico o afectivo no se lleve a cabo cuerpo a cuerpo, es inexistente. De acuerdo con el psicólogo Louis Roche y  el especialista en el impacto de las nuevas tecnologias Yannic Chatelain,  en su libro In bed whit the web, las relaciones virtuales, aunque muchas de ellas inestables, pueden tener matices de mayor intensidad que las físicas. Y la nueva infidelidad, el nuevo estilo de adulterio ha ido en aumento, más de lo que imaginamos. Porque ese ‘estorboso’ acuerdo de monogamia (al menos en el periodo de duración de una relación) que nos genera tanta culpa romper,  no se amenaza  -tanto (nomás tantito)- cuando se aplica tras los velos de un avatar o una existencia paralela en el ciber espacio. Entonces se mitiga un poco el amargo sabor del saberse adúltero.  Nos hemos vuelto más prácticos.

De acuerdo con las conclusiones de tres investigaciones  que integran el  Infidelity Study: Is It Cheating? Jealousy Following Cyber-Infidelity,  de  los psicólogos sociales Hinke Groothof y Pieternel Dijkstrael,  el 70% de hombres y mujeres muestra, se sentiría ofendido,  herido y golpeado emocionalmente si descubrieran que su pareja está teniendo un ciber affaire. Y casi el 82% si descubriera que su pareja está, además, involucrada emocionalmente con quien tiene dicha relación virtual, o sea, que afirma amar al incauto, a la ‘baja esposos’ cibernética.

El 85% si sabe que en esa relación hay sexo virtual. Cuando realizaron las comparativas con el sexo y el coqueteo offline, el ‘de a la antigüita’, las cifras resultan muy parecidas. Las percibimos de un modo muy similar. Es ‘lo mismo’ para la mayoría.  Este mismo estudio, publicado en 2009 en el Journal of Social and Personal Relationships, asevera que a sólo el 5% le pareció que por mucho orgasmo que haya y muchos sentimientos, si no se han visto nunca cara a cara la cosa no es para tomársela a pecho.  Y que menos del 50% de los amantes online algún día se verán físicamente.

Muchos, por vivir en lugares muy lejanos, otros porque encuentran que justo el placer está en que sea a través de una herramienta tecnológica. Lo cierto es que en una situación virtual por supuesto que se generan vínculos, intimidad, emocionalidad. El enamoramiento no es más que una serie de sustancias y neurotransmisores trabajando en pos de la feniletilamina, y podemos comenzar a segregarlos cuando los estímulos virtuales son efectivos. Cuando ese ser -que un poco se creó a sí mismo dentro del mapa que encajó con el nuestro y otro poco inventado por nuestras fantasías- genera los estímulos ideales por supuesto que terminaos construyendo sobre su  existencia tecnológica al semidios o semidiosa que nuestras muchas necesidades psicológicas clamaban por conocer.

El sexo virtual tendrá sus vicisitudes, porque no es SU mano la estimula, no es SU boca ni sus genitales los que saboreo o huelo pero ¿quién le dice a mi cerebro que no es así? Si la mente lo cree, existe. Si no para otros, para mí. Y esa es mi realidad.

Muchas relaciones se ven disminuidas simplemente en tiempo porque el/la ‘ciber adúltero(a)’ pasa horas conviviendo con su amante virtual. Incluso sabe más de su día, de su sentir y de sus proyectos de vida que quien comparte su cama o sus días físicos. Según dichas investigaciones la mayoría de los hombres buscan este tipo de prácticas cómo un código de expansión, impulsados por su instinto de continuar su estirpe; en alto porcentaje con una búsqueda simple de satisfacción o gratificación sexual pero las mujeres casi siempre buscan en su cuerno hecho de web, lo que emocionalmente no han encontrado en sus relaciones vívidas. El mismo patrón se da en la infidelidad a la antigua.

Otra vertiente son los viejos amores que regresan, aquellos  con los que no cerramos el ciclo y que reaparecen burbujeándonos de viejas sensaciones, de nostalgias, de tiempos que creímos que no volverían. La herramienta número uno que ha reunido a viejos amantes es el Facebook. Muchos, muchos de ellos cuando se topan con su perfil ya están en relaciones fijas ya sea de matrimonio o noviazgo. Y surge otro modo de ciber infidelidad. Pero en este caso, el 50%, al haberse conocido físicamente en el pasado, se dan cita y comienzan una relación fomentada por su reencuentro virtual. Hay mucho que discutir al respecto, quizás en unas décadas o menos, la infidelidad virtual sea causal de divorcio y una USB con las pruebas sea suficiente para conseguir el fallo del juez. Todas las ciencias humanísticas se están viendo evolucionadas por nuestros nuevos hábitos tecnológicos.

Y cuenten ¿la ciberinfidelidad es infidelidad para ustedes? ¿Y el cibersexo?

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