En especial  la última década, los seres humanos nos estamos reconociendo con cierto regocijo por el voyeurismo y el exhibicionismo, expresiones comportamentales cuyo nivel o continuo que cada quién podrá identificar. Recordarán ESTE POST para aclarárselos.

Ustedes detectarán si lo viven a nivel de fantasía o de manera exclusiva, o sea  supeditaos a ello para obtener una respuesta sexual. Lo cierto es que cada vez se unen más personas a prácticas donde sus carnes o actos eróticos/sexuales son mostrados a los ojos del mundo y otros tantos babean por obtener esos estímulos visuales. No por nada el YouPorn o Xtube se atiborran de visitas, y abundan sites donde cualquier persona puede lanzarse como estrellas porno amateurs.

Pero, mucho más común y digamos, cotidiano, se ha vuelto el sexting. Para los que no saben qué demonios es eso, dícese de compartir material personal sexual o pornográfico por medios electrónicos, sobre todo a través de teléfonos móviles.  Pareciera una herramienta incluso de ligue, parte del ‘ritual de apareamiento’. Según datos de NEW Harvard and UK Studies about Sexting, las mujeres, en especial las chavalas de 14 (¡catorce!) a 25 años  y otras mayorcitas, son las principales practicantes de sexting y -al contrario de lo que el pensamiento paternalista pudiera desear- no son obligadas ni promovidas por su pareja. Muchas, gustosas y disfrutándolo, se toman fotitos o videos con el celular por ejemplo de sus bubis, entrepierna o en full shot en bikini, tanga o de plano en cueros  y, a modo de ‘ofrecer’ sus bondades, de mostrar su belleza o sus talentos en las artes amatorias y los envían a los chicos que quieren ligarse. O bien, ya en pareja, parte de las dinámicas lúdicas con tintes sexosos, se graban con el cel mientras se proveen sexo oral o tienen relaciones sexuales insertivas. Muy comunes en posturas como ‘el perrito’, donde el insertivo puede sostener el celular y hacer la toma.

Por su lado, encuestas como  la realizada como parte del programa de prevención del embarazo adolescente en EU, la de la revista CosmoGirl, y la del Cox Communications’ National Teen Summit: Cyberbullying Sexting and Other Issues (2009) arrojan que entre el 22 y el 30% de los adolescentes alguna vez se han fotografiado o videograbado desnudos o en situaciones sexuales explícitas. Obvio, no tenemos datos de México o Latinoamérica, ya ven que somos buenos para las estadísticas y los estudios formales pero parece resultar cada vez más común. Hay como una necesidad enorme de mostrarse, de encontrar la sensualidad o el erotismo en que otros lo aprueben.

El ser sexy pareciera estar en la capacidad para ponerse unos trapos pequeños y tomar poses extravagantes. Eso no es la sensualidad, y el ser sexy es inherente a una especie de ‘brillo’ con el que se nace. Hay mujeres sexis por naturaleza, que pueden traer una t-shirt  y unos jeans con tenis y lo transmiten. Es parte de ellas. Pero la cultura nos insta a todas: ‘Debes ser sexy para ser amada, admirada, popular’. Y entonces -sobre todo cuando se está chava- se comprende de una manera errónea, transformándose ese brillo, o esa sensualidad en el mostrar la mayor piel posible o romper la barrera de la intimidad (algo a lo que cada quien le pone el valor que desee) para mostrar sus actividades sexuales.  Y se convierte incluso en una competencia entre amigas (y miren que a las féminas nos encanta la competencia), a ver quién se atreve a más; a mostrar más,  a una mayor audacia sexual. Si te gusta usar escotes profundos o micro faldas o ropa ultra entallada, que sea porque así amas cómo te ves, porque te sientes cómoda con el look, no porque crees que de ese modo serás aceptada o atraerás a cuanto tipo te encuentres. Como dijimos con respecto al tema de la ‘Marcha de las Putas’, una minifalda o un escote es para ti, no es para nadie más.

El trasfondo de todo esto en términos de autoestima, de esta urgencia de aprobación y de una especie de menospreciar la propia intimidad, nos habla de una visión muy peculiar de generación. Y claro, no podemos dejar a un lado las afecciones legales que pueden surgir. Por citar un caso, en Florida, en 2009 Phillip Alpert de 19 años fue inscrito en el registro de delincuentes sexuales del Estado y lo estará hasta que tenga 43, por haber enviado una foto de su ex novia desnuda a más de 50 de personas. Porque claro, en el momento de surgir deseada, o de encantarle el ojo al galanazo nos olvidamos que la confianza no dura por siempre o que al calor del romance o el supuesto amor ‘para toda la vida’, es fácil convertirse en el blanco de malandros que aman andar compartiendo el material que supuestamente pertenecía a su vida sexual, la que tenían en común.

Y no hay que confundir, hay algunas subculturas, grupos, parejas con prácticas definidas donde de común acuerdo deciden videarse teniendo relaciones y encuentran justamente el placer en mostrarlas en sitios web porno, pera esta es otra historia. Con riesgos claro, pero con un fin comportamental distinto.

Entonces, queridas féminas mías, chavalas que lo han hecho o les ha pasado por la cabeza, por favor, mucho cuidadito. Pueden terminar trapeando con su reputación, o ustedes teniendo que acudir a instancias legales y claro con un dolorón emocional. Hay que reconstruir el concepto de sensualidad, de ser sexy, pero sobre todo valorar, darse el valor. Sus carnecitas no son para cualquiera, para que cualquier pelado las pueda ver, enviar y convertirlas en banquete de ojos voyeuristas. Que cabe aclarar, como expresión comportamental (el voyeurismo) no es enjuiciable hasta que se rompen los derechos de terceros. En este caso los suyos, así que no anden mandando armas para ser lastimadas. Esto ha sucedido incluso en parejas que llevaban años juntos, una vida en común y de pronto se vieron chantajeados o humillados por  el dichos o material que en algún momento les sirvió como detonante de excitación. ¿Les gusta la práctica? Va, respetable, pero borren el material después. Nunca sabremos en qué manos puede caer. ¿Quedamos? O, ¿les parece una actividad muy interesante?

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