Debes iniciar por explorar tu cuerpo (no sólo tu genitalia), tus zonas de goce y después conocer el del género opuesto .

Asume “si yo logro distinguir cada sensación, yo comparto con mi pareja; no espero que venga y me descubra. Él/ella puede complementarme y enriquecerme con su técnica pero no me puede enseñar dónde voy a sentir”. O claro, qué es lo que debe y tiene que gustarte. En el caso de las mujeres, nuestro bagaje nos ha llevado a ‘comprarnos’ estímulos que culturalmente nos enseñaron que debíamos disfrutar. Al considerarse inadecuado el que una mujer explore sus genitales, se le insta a esperar a que su compañero sexual llegue a enseñarle. Y si él aprendió –por lo regular viendo porno- que su mujer debía gemir como loca, poner el ojo de huevo cocido y llegar al éxtasis si él la penetraba con fuerza a un mismo ritmo frenético, mientras ella lo que siente es dolor y todo menos un orgasmo, se asumirá que algo funciona mal en ella. Por eso muchas mujeres se creen anorgásmicas. Si se hubiera ‘mapeado’ antes tendría la capacidad de saber cómo debe ser estimulada.

Pero en este nuevo orden donde la erótica es personal y se comparte, donde cada uno es responsable de su placer y enriquece al de su amante ¿te imaginas lo que se puede lograr? Prepara tus sentidos y viajemos de cabeza a pies.

La piel
El más grande órgano sexual  con posibilidades infinitas. Cubre todo lo que somos y al mismo tiempo se subdivide y se adapta a cada parte. Recubierta de vello, cundida de terminales nerviosas, de ramificaciones dispersas en distintas zonas. La piel tiene que erotizarse, descubrir su textura tan diversa, morderla, lamerla, saborearla: no sabe igual la de una rodilla que la del abdomen; sus olores distintos, su sudor, sus durezas, sus adornos como los lunares. La piel quiere que las desnudes, la acaricies en toda su extensión.

Sugerencia de Eros
1.    Patinaje sobre piel. Masajea el cuerpo de tu pareja untándolo de un aceite ligero de olor suave. Cubran ambos sus cuerpos por completo, desde la cara hasta entre los dedos de manos y pies y recuéstense uno sobre el otro intermitentemente. Permitan que sus cuerpos se acaricien, resbalen, tóquense piel con piel, entrelacen las manos. Recorre las piernas de tu amante con los pies. Toca su espalda o su abdomen con los pechos, sus nalgas con la entrepierna. Y siente conscientemente cada caricia, no el todo. Desliza el antebrazo por todos sus bordes. Colóquense espalda con espalda y arquéense sobre el otro, creen un vaivén, que las espaldas se acaricien de un lado a otro. Siente su columna frotar la tuya. No uses las manos, la piel puede acariciar por sí misma.

Buen tip: colóquense sobre una sábana de algodón que después puedan lavar o que no importe si queda manchada con el aceite.
El cuero cabelludo
Todo él está cubierto de varias vainas o de folículos pilosos. Cuando el pelo se mueve se debe al músculo horripilador que lo enerva. Bordeando el pelo se encuentran las glándulas sebáceas. Cada parte siente. No por nada casi todos amamos que nos hagan ‘piojito’.

Sugerencia de Eros
2.    Despeina. Ya sea como estímulo único o durante otras labores amatorias (muy bueno durante un fellatio), coloca ambas manos en su nuca y recorre ascendentemente con las yemas de los dedos. Al llegar a la coronilla, presiona un poco y circularmente, con suavidad e intercambia presiones con los huesos de la palma. Da ligeros tirones y acaricia. Reinicia desde la nuca. Crearás un circuito de sensaciones que avivarán la circulación en su cabeza y cara. Los besos se sentirán más, los ojos se obligan a cerrarse y ayudan a la conexión.  Debe ser hacia arriba, ya que el deslizamiento de la coronilla hacia la nuca tiende a relajar, no se te vaya a quedar dormido(a).

Los ojos
Recopilan casi toda la información. Ver es un deleite, en especial cuando la imagen está cargada de sensualidad. Aliméntalos creando un ambiente que te resulte excitante: la iluminación suave o la penumbra, íntimo o a la vista de otros. Observa, date tiempo para descubrir lo que nunca has visto en el cuerpo de tu amante, asómate a lo recóndito. Déjate observar, no juzgues lo que no te gusta de cuerpo, muéstralo y descubre su sensualidad. Sí, en tu barriga también hay sensualidad.

Sugerencia de Eros
3.    Delineador de lengua. Estímulo tierno pero efectivo. Después de una buena sesión de besos y de preferencia recostados besa sus ojos y prosigue pasando la punta de tu lengua por todo el nacimiento de sus pestañas del lagrimal hacia afuera, pocas veces erotizamos los párpados.

La nariz
El sentido del olfato es vital en la erótica, el olor del amante es un ingrediente importantísimo; el propio olor, sabernos con un olor irrepetible: es nuestra marca registrada. Dejar impregnada a la pareja con nuestro olor personal (no a la loción, a ti) es una huella de que nos conectamos. Ana Cerón recomienda, “mientras inhalas sobre una parte del cuerpo de tu amante, te darás cuenta que la lengua está pegada a tu paladar, separa la lengua y verás que no huele igual. La lengua le hace el amor al paladar mientras tú percibes un aroma”. Reconoce cada olor distinto en cada zona. Por otro lado están las feromonas, las cuales percibimos inconscientemente a través del órgano vomeronasal, ellas nos dictan la química de la atracción.

Sugerencia de Eros
4.    El secreto de Cyrano. Acaricia tu nariz con sus genitales. Y claro, sus genitales con tu nariz (tacto-contacto). Un verdadero ejercicio de confianza y que te exige hacer a un lado el pensamiento, siente, quítate esa idea absurda de que ‘ahí’ nos huele mal. Lleva tu nariz a su zona genital y recorre hasta la entrepierna, con ésta roza su clítoris o glande, cierra los ojos y combínalo con algunos juegos de lengua (el olfato y el gusto trabajan juntos). Sobre la vulva o el cuerpo del pene. Respira, percibe, luego coloca la lengua y muévela verticalmente al tiempo que exhalas. Crearás un juego de temperatura: tu saliva fresca y la tibieza de tu exhalación.

Las orejas
Para conectarte, escucha, susurra. Recuéstate sobre su pecho y escucha su corazón mientras se acarician. Las mujeres solemos ser más auditivas, aliméntanos el tímpano, di lo que sientes o lo que te hacemos sentir. Los jadeos, los gemidos, las palabras ‘sucionas’ o picosonas, todo contribuye.Escucha, déjate guiar. Es penoso estar con una piedra, con quien no hace el menor ruido, no sabes si ‘vas bien o mejor te regresas’. Necesitamos oír que estamos teniendo sexo.

El cuello y los hombros

Zonas reconocidas desde siempre como erógenas, de las favoritas en todas las culturas: los kimonos de la geishas se colocan ligeramente echados hacia atrás para descubrir el cuello y el inicio de la espalda, para alborotar a los caballeros. Su movimiento es sensual, en los hombros están un par de chacras sexuales (centros energéticos) por eso los movemos al bailar o al coquetear. El cuello en su unión con las mandíbulas y la clavícula suele percibir más el roce de unos dedos. Colocar la mano completa en la nuca brinda seguridad psicológicamente. Sí, acertaste, porque recuerda cuando nos cargaba nuestra madre.

Sugerencia de Eros

6.    Para él: toma una postura de espaldas a él mientras te penetra, como montada de frente a sus pies. Arquea tu espalda y pídele que lleve el ritmo de la penetración sujetándose de tus hombros. Toma sus manos y recórrelas hasta la clavícula. No se trata de lo que sienten tus hombros sino tu cuerpo cuando él toca tus hombros.

7.    Para ella: hazle el amor de frente, sentado en flor de loto (de chinito) y ella montada ‘abrazándote’ con las piernas. Pídele que te muerda (suavemente) en un hombro sobre todo cuando sienta que estás cerca de eyacular.
8.    Genitales desde la barba. De acuerdo a los mapas reflexológicos del rostro, la barbilla es el punto correspondiente a los genitales. Roza su cuello con tus labios mientras –sutilmente- presionas el centro de su barbilla con el pulgar.

Los pechos
Favoritos de la vista y el tacto. El primer objeto de deseo oral. Voluptuosos, suaves, provocadores de basculcopia, la atracción por su bamboleo cuando nos movemos. Son en gran parte tejido adiposo (grasa) y glándulas por lo que pueden doler si las manipulas con demasiado ímpetu. Cuando los pezones se jalan se merma la lubricación, deben acariciarse o succionarse. Son muy sensibles y están conectadas con el útero: el efecto de succión crea contracciones uterinas. De acuerdo a Ana Cerón, “tenemos hasta más de 26 zonas o puntos en cada seno que pueden activar sensaciones que nos lleven al orgasmo”.

Sugerencia de Eros
9.    Para él: cúmplele una fantasía. Recuéstate boca arriba y pídele que se monte sobre tu abdomen. Acaricia su pene con una buena cantidad de lubricante artificial o aceite hipoalergénico, desde la base y lentamente. Coloca su pene entre tus lolas, no importa si no son ‘grandes’. Sigue acariciando con el pene descansado entre ellas y empuja su cadera hacia atrás para indicarle que debe mover la pelvis para que su pene acaricie tus senos. Retira las manos y deja que ‘se entiendan’. Si te apetece, permítele eyacular (reconciliémonos con los fluidos, no son desechos)

 

 

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