Para el 2050 más de dos mil millones de personas tendremos más de 60 años (OMS, 2017). ¿Para entonces estaremos dispuestos a suprimir nuestro derecho al placer y al contacto sexual? Obviamente no. Somos generaciones con mucho más aperturadas a explorar y experimentar placer. Dudo mucho que, pese a que actualmente nos parezca extraño, inapropiado o hasta ‘desagradable’ el pensar en una pareja de personas de más de 60 año teniendo relaciones sexuales, estemos dispuestas o dispuestos –una vez que hayamos alcanzado esa edad- a exiliar de nuestras vidas el placer, el contacto, las masturbación y nuestras prácticas sexuales favoritas. Porque no es que con la edad ‘se nos vaya a pasar’ o dejemos de desear.

Debido a numerosos mitos socioculturales, el encuentro sexual se encuentra invisibilizado en la sexualidad en las personas añosas, especialmente por el constructo heterocentrista que localiza al erotismo y al contacto sexual como actividades exclusivas con fines de procreación. Tendríamos que empezar a deconstruir nuestras percepciones respecto al contacto sexual entre dos personas con más de 60 años.

Por otro lado, también estamos insertas e insertos en una cultura donde el valor de lo estético y la belleza se relacionan con la juventud; y ésta a su vez con la sexualidad activa: lo seductor, lo excitante y las corporalidades consideradas apetecibles deben lucir ‘frescas’, ‘nuevas’. Y si lo atractivo es lo que implica excitación, nuevamente la etapa añosa y sus signos físicos se contraponen a dichos constructos, marginándola.

Es así, que una más de las múltiples consecuencias que dicho constructo ha producido, deriva en una esperada desaparición de todo impulso, deseo, fantasía o necesidad de contacto erótico-sexual, e incluso, romántico una vez que se han tenido los hijos planeados, y/o finaliza la etapa reproductiva. De ese modo, además, siendo aún más incisivo en las mujeres como una muestra más de violencia de género, dado que en nosotras el inicio del climaterio es un signo fisiológico de cese de esa etapa de procreación. Entonces, toda actividad sexual o erótica es considerada inadecuada; y es frecuente que se dé una autocensura inconsciente, o sensaciones de culpa, inadecuación o desintegración cuando –como es natural-, se presentan deseos, fantasías o gusto por contactar autoeróticamente o tener compañeras o compañeros sexuales y/o parejas románticas.

Todo ello, les aísla, y especialmente les lleva a un deshabitar su cuerpo, sus sensaciones y sus necesidades afectivo-emocionales; aunado todo lo anterior, a que, por lógica generacional, probablemente ellas y ellos jamás experimentaron real consciencia de su erotismo, dada la mayor falta de información y promoción del placer como derecho en la época en la que fueron adolescentes o jóvenes. Es así que puede resultar un reto que esas personas reconozcan en sí mismas esa necesidad de darle continuidad a una vida sexual ya sea de manera personal o en pareja.

Partamos del análisis de los cambios tanto fisiológicos como cognitivo-emocionales en las personas añosas, a partir de las experiencias y sentimientos frecuentes en esta etapa ya que la sexualidad se expresa de manera integral en todas las dimensiones y se relaciona íntimamente con los estados emocionales. El proceso de envejecer se caracteriza por ser la única edad que no introduce a otro ciclo de la vida y por ser el momento más dramático de la existencia: la etapa de “las pérdidas” y de “los temores”. Pérdidas de todo tipo que se producen en esta etapa de la vida: del papel productivo, de la capacidad laboral, posibilidad de perder la pareja, los amigos, los hijos, disminución de eficiencia física y de la independencia psicológica. (Herrera, 2003). Es así que a pesar de que la búsqueda de una plenitud sexual pudiera ser un motor para transitar por dichas experiencias emocionales de una manera más fluida y positiva, por el contrario, es el apartado de vida que más se abandona tanto por las ya mencionadas ideas socioculturales como porque se considera accesoria, no necesaria y menos urgente de ser atendida.

De ese modo, las sexualidades están además muy contaminadas por esas sensaciones de ‘pérdidas’ constantes y el final de la vida. Es por ello que el rescate del erotismo y la erótica de vida es crucial para cualquier persona añosa, no sólo aquellas que refieran interés por darle continuidad a sus encuentros sexuales. Comprendemos como erotismo a la capacidad que tenemos de contactar con nosotras mismas, nosotros mismos, a través de nuestros cinco sentidos. Erotismo no es sexo, el sexo es parte de la erótica, ya que es un tipo de contacto. Y es imposible tener una erótica de amantes si no se cuenta con una erótica de vida: si no nos permitimos disfrutar (Cerón, 2011). La erótica de vida consiste en tener consciencia sensorial en las actividades diarias que implican nuestros sentidos, permitiéndose disfrutar y habitar el cuerpo. Todos vamos creando memorias sensoriales a partir de nuestras experiencias diarias, si el propio cuerpo está acostumbrado a ‘pasarlo mal’, a vivir en estrés e imposibilitado de disfrute será mucho más complejo que se logre una conexión amatoria. Y, por supuesto, el auto erotismo es parte definitiva de esa erótica de vida. La masturbación es la primera y más importante práctica sexual de todo ser humano, no es sustitutivo del contacto sexual, no desaparece por tener pareja ni por la edad; es una práctica insustituible. (Ochoa, 2007).

Recomendar a las personas añosas que redescubran el autoerotismo, o bien, lo experimenten por primera vez en el caso de las mujeres añosas, puede promover que resignifiquen su sexualidad, autoimagen y mucho en su autopercepción. De acuerdo con Paulina Millán, directora de investigaciones del IMESEX (2018), en México, el 46.2% de las mujeres mayores de 50 años nunca ha practicado la masturbación.

Una persona añosa, se encuentra en una etapa ideal para redescubrir el erotismo o comprenderlos desde una nueva perspectiva. Inexorablemente vendrá un declive en las funciones fisiológicas, no sólo desde el punto de vista estético, pese a que culturalmente sólo relacionamos la vejez o adultez mayor con las arrugas, las canas y la falta de tonicidad muscular o firmeza de la piel, a mayor o menor ritmo, hay un declive paulatino que no se manifiesta hasta que la pérdida de la función es muy elevada –del 80%. Jesús A.F. Tresguerres, catedrático de Medicina de la Universidad Complutense y miembro de la Real Academia Nacional de Medicina, asegura que el ritmo de envejecimiento lo determina en un 30% la genética y en un 70% nuestros hábitos de vida.

En el caso de las sensaciones físicas, las terminales nerviosas o centros de placer no sufren atrofia, aunque sí es menos eficiente el envío de información desde la creación neurobiológica, y, por supuesto en la comunicación órganos sexuales-espina-cerebro (Calixto, 2015). El mayor reto quizás podría suponerse en los órganos sexuales pélvicos externos e internos debido a los cambios fisiológicos que forman parte del envejecer, no obstante, ello sería mantener la vieja visión de que sexualidad activa implica forzosa integración de los mismos. Por esto es vital que el replanteamiento de una sexualidad añosa parta del rescate de las memorias sensoriales, acudir al erotismo y al contacto de piel con piel evitando focalizarse exclusivamente en las respuestas de los órganos sexuales.

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