Somos una extensión de nuestra identidad virtual, quien intima, ama y se excita más que nuestro cuerpo. ¿Estamos más solos que nunca, o es sólo que el contacto físico y erótico está evolucionando? 

La percepción de lo real, la mismísima ‘realidad’ no puede estar más en entredicho que ahora. Décadas antes la reconocíamos como lo tangible, lo que podíamos comprobar a través de la vista; pero ahora se plantea como una serie de sensaciones. Las que el cuerpo interpreta e integra sin importar si el estímulo provino de los sentidos ‘clásicos’; del tacto mismo.

Nos estamos dotando de una nueva capacidad: generamos respuestas emocionales, sexuales y hasta neurobiológicas, disparadas desde un gadget. Un like o una sesión de sexting pueden inundarnos de poderes enamoradores como un ‘viejo’ beso o una noche de sexo presencial. Y es que son tantas las fuentes de creación nuestras personalidades virtuales –apps, redes, microblogs, comunidades- que el lugar donde está el cuerpo no siempre es el que más se vive sino el que transita por lo ancho de las bandas.

El nuevo cerebro generando intimidad
El ‘Yo soy’ multidimensionado tiene ventajas aunque no deja de preocuparle al ‘Yo soy’ que se acostumbró a lo físico. Como bien diría Kant, el Ego, el ‘Yo’, es la unidad asociada a la totalidad de las representaciones. Y en una era de hiperconectividad y de multipresencia, comenzamos a preguntarnos cuál es el ‘Yo’, ‘Yo’. O si es la suma de todos sus virtuales. Y entonces, en pareja, ¿cuál es el que está enamorado y de cuál de los ‘Yo’ de su pareja?

La intimidad es el espacio intangible que sólo pertenece a sus integrantes. Ya sea una pareja, familia, grupo. Claro, no es más que una sensación o una construcción mental pero nos indica pertenencia y la seguridad de que están preservados los hechos que nos involucraron del conocimiento del resto de las personas: la privacidad; la seguridad de que tenemos algo que nos identifica y al que no puede acceder cualquiera.
En una era hiperconectada, esa intimidad tiene otros tintes. No sólo por el hecho de que compartimos en nuestro perfil o estatus los acontecimientos que antes guardábamos para ‘nosotros’ sino porque la cercanía parece resultar obsoleta y ser menos eficiente.

Digamos que una pareja se encuentra a kilómetros de distancia, lo que los insta a contactarse por multiplataformas de mensajería o video llamadas. El saberse aislados físicamente, los conecta. Porque su mayor medio de expresión es su celular o laptop. Pero, de estar en una misma habitación probablemente se involucrarían en menor medida porque estarían inmersos en la esfera virtual. Y si estamos donde está nuestra mente, ¿cuándo estuvieron más unidos o generando intimidad?, no en lo presencial. Entonces el hecho que los intima no es lo físico de manera frecuente. Su mente los sabe unidos pero desde una fuente no física. Nuestra realidad es la concepción física o intangible de la creación cerebral; de lo que la mente cree o ‘nos vende’. Es la representación de las producciones del cerebro, el cual añade y superpone información.

Ahora, las parejas o compañeros sexuales que nunca han tenido contacto piel con piel, entonces pueden poseer altos grados de intimidad porque ya no está dictada por las experiencias en vivo sino por lo que el cerebro ‘les vendió’. La función de decodificación de información del cerebro es la de simular realidades intencionales. Si realmente lo crees, la experiencia existe. Incluso con una intensidad muy parecida.

Estudios de la psiquiatra Brenda Davies de la Universidad de Cambridge, a un grupo de estudiantes que mantenían relaciones ya sea de lejanía (por su estadía en la universidad) o puramente virtuales –por cierto la mayoría surgidas a partir de Facebook- hallaron que la producción de oxitocina, neurohormona cuya función vital en las relaciones es la de generar apego y necesidad de contacto, es absolutamente equiparable con la de parejas que tienen ‘vida física’. La razón es que su proceso está basado en el refuerzo: te solicita contacto, produces más. Y si te mantienes ligado a partir de las respuestas emocionales que el cerebro ‘cree aunque no toque’, la producción estará en marcha. Dando como resultado pertenencia y enamoramiento.

El director Spike Jonze, en el argumento de su filme Her (2013), muestra con perfecta claridad esa realidad intencionada y meramente cerebral. Un hombre se enamora de su sistema operativo, una herramienta omnipresente que tiene acceso a todos sus archivos cuya inteligencia artificial le permite ir creando o emulando emociones, reacciones y suposición de sensaciones físicas. Dicho protagonista, Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), se debate entre aceptar e integrar a su realidad física a esa amante que no es más que una voz dentro de su futurista gadget. Sus sentimientos son reales, fluyen y le proporcionan una realidad pero nunca podrá ver ni tocar a esa voz con la que incluso tiene sexo. ¿Estará Jonze profetizando nuestras futuras relaciones?, ¿cuando no hallemos diferencia entre una pareja tangible o intangible?

Si funciona y hay un resultado, ¿quién puede decir que no existe? Fuera de las relaciones románticas, pero sí de la funcionalidad virtual, una investigación de Paul Zak, director del Centro para el Estudio de Neuroeconomía en Claremont, California, apunta que los equipos de trabajo que operan desde localidades aisladas y que tienen sólo contacto vía internet, pudieran ser más eficientes que los que comparten las instalaciones de una oficina. La razón de nuevo es la oxitocina, la cual se dispara cuando se logran retos en conjunto. Aunque no se conozcan, se apegan y generan empatía. Y la fragmentación que se da comúnmente en equipos de trabajo presenciales es menor. De nuevo, las ciberrelaciones tienen éxito.

Ciberorgasmos
El cibersexo es una de las prácticas más discutidas del mundo no presencial hiperconetado. Porque no dejamos de pensar si se le puede llamar sexo o masturbaciones compartidas en espacios separados. Aunque le imaginación cree un panorama amatorio, el cuerpo no podrá sentir los genitales de la pareja. Pero, de nuevo, la premisa: si la cuasi certeza de las neuronas, acompañan a las hormonas y las sustancias que intervienen en las respuestas sexuales y orgásmicas, el placer obtenido puede resultar no sólo disfrutable sino preferible para algunas personas. Y sucedió para ellos.

Por otro lado, la tecnología comienza a ampliar las posibilidades de contacto. Si bien no es físico, lo emula. El año pasado, la empresa Durex creó una aplicación que funciona a través de ropa interior femenina y masculina con sensores conectados a un comando digital en el teléfono móvil. Cuando el usuario presiona ciertas áreas de la pantalla, se activan a distancia los sensores del brassiere, tanga o bóxer y quien los trae puestos percibe la presión o deslizamientos digitales. Además tiene la posibilidad de ver la imagen del amante como en una video llamada. El hasta ahora llamado ‘Fundawear’ promete ser el futuro del sexo a distancia.

Evolución de lo natural
De llegar a cumplirse la profecía de Jonze y la cada vez más frecuente búsqueda de experiencias sexuales vía aplicaciones, chatrooms y sitios especializados podría tener implicaciones importantes a nivel evolutivo de nuestra especie. De acuerdo con el Dr. Al Cooper, del San Jose Marital and Sexuality Centre en la edición Cybersex: The Dark Side of the Force (2013), entre el 20 y el 30% de los usuarios de internet en el mundo -estamos hablando de más de 400 millones (2013)- practican el ciber sexo. Calculan que en 10 años el porcentaje podría duplicarse pero no existen estimaciones certeras respecto a sustituir el coito cuerpo a cuerpo. ¿Qué sucedería de ser así?

De inicio, la procreación sería menor, pero al tiempo también la incidencia en embarazos no planificados e infecciones de transmisión sexual. Pero, ¿y el erotismo? Las caricias y los besos no sólo son expresiones que nos permiten explorar nuestro potencial amatorio, estudios como los del Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford, aseveran que besar nos permite evaluar la calidad genética de las parejas potenciales, igualmente, dispara la excitación y permite mantener relaciones de largo plazo.

Asimismo, los rituales de apareamiento requerirán ciertos ‘ajustes’. En el sistema de atracción presencial, suceden innumerables procesos a partir de la química, las feromonas y el coctel neurobiológico que desencadenan el enamoramiento. Si, por ejemplo, en las mujeres el enamoramiento es una respuesta determinada genéticamente al oler el complejo mayor de histocompatibilidad, una proteína que ellos no pueden percibir y es clave en la elección de pareja, todas esas facultades o funciones pudieran irse perdiendo o ‘atrofiando’. Ahora sólo se necesita una buena foto de perfil, o que el texto, emoticones o videos hagan ‘el match’.

Más conectados pero deshumanizados, tal vez para allá vamos. Hoy ya estamos desarrollando condiciones nacidas en nuestros dispositivos electrónicos. El ya bastante difundido ‘Síndrome del Double-check’ -que a finales del año pasado se viralizó en redes- es un trastorno de ansiedad derivado de no obtener una respuesta de nuestro interlocutor una vez que la herramienta de comunicación notifica que nuestro mensaje ha sido recibido; y que el Journal of Psychosocial Research on Cyberspace afirma que ha separado a 20 millones de pareja. Están también los resultados de las investigaciones de la Dra. Hanna Krasnova del Departamento de Sistemas de Información de la Universidad Técnica de Darmstadt, las cuales apuntan diversos trastornos emocionales procedentes de viajar por los perfiles de Facebook de los amigos. Casi todos se reducen a la envidia por las actividades, fotos, vida amorosa o logros profesionales, así como los likes o felicitaciones que otros obtienen y que merman la autoestima de quien se compara.

Probablemente la psicología y la terapia sexual requieran en breve de subramas dedicadas al tratamiento de cibernautas y ciberamantes. Esto apenas comienza y el rediseño de nuestra existencia será imperativo.

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