Nuestro cerebro está facultado para crear realidades intencionales, para fantasear y construir anhelos. Su función de decodificación, y entonces apropiación de imágenes, nos permite trasladarnos e insertarnos a las situaciones que observamos, para entonces, quizás, codiciarlas.

El 70% de nuestras fuentes de excitación sexual provienen de información visual; de lo que este sentido ha registrado (Dubrach, Benarroch, Mateen, 2007). Nuestros disparadores dependen de impresiones; de nuestros mapas eróticos visuales o morphoerotic Lovemaps, (Money, 1993). Por ello, la pornografía es intrínsecamente eficaz, en cualquiera de sus expresiones gráficas.

Dada, además, su actual e increíblemente simple accesibilidad, así como su elevado consumo, es imposible no preguntarse qué tanto está definiendo la autoimagen, la identidad del ser sexual; en especial sus prácticas. E, irrefutablemente, la percepción del cuerpo ya no como una vía de placer y de conexión erótica, sino como un instrumento o accesorio de satisfacción con el mismo valor del de una imagen virtual; deseando poseerle o parecérsele.

El eros de la ficción
Estamos construyendo un nuevo sentido del sí mismo del individuo, un no-sentido del ser; desposeídos de la habitación de nuestro cuerpo y manteniendo una mayor presencia en el alter ego que viaja por la nube virtual. Ahí, también está incluida la entidad que creemos que nos expresa en la esfera de lo erótico.

Es entonces que la pornografía –en especial en el individuo nacido en las últimas décadas- es diseñadora de su definición de sexualidad, en gran parte del concepto y estrategias en la dimensión del contacto. Está promoviendo generaciones que se auto imposibilitan de reconocer sus sensaciones y descubrir sus propios mapas de reflejos eróticos; los cuales están siendo sustituidos por las propuestas, la venta de promesas de placer que probablemente no le hubieran apetecido ni surgido a través de la exploración natural de sus pulsiones individuales o expresiograma.

Desde siempre hemos tenido acceso a fuentes de venta de deseos, pero como nunca, estamos sobre expuestos a una demanda de adecuación a lo que la industria de la pornografía nos plantea como los ideales del goce sexual y de la estética de lo deseable. Y, con fuerte peso, a su influencia para exhibir nuestras prácticas; sintiéndonos vistos y entonces existentes al ser parte y difusores. Nos estamos despojando de la idea del individuo, y de su subjetiva pero personalísima esencia sexual, para someternos a la línea de producción como objetos de consumo. Y lo estamos disfrutando.

El ser sexual o el individuo sexual no existe en y para la pornografía. El sexismo y la cosificación de los cuerpos son sus principales lecciones. El mayor porcentaje de expresiones pornográficas están embebidas en la reducción de la persona a utensilio masturbatorio; salvo en contados casos, como en las producciones de algunas líneas de fem-porn como las de la directora holmiense y doctora en ciencias políticas, Erika Lust (Erika Hallqvist), quien ha contribuido a la creación del porno erótico feminista o fem porn (aquí un link al mismo)

En otro orden, a este nuevo no-sentido del sí mismo y del otro, y a la emanación de mitos clásicos, se suman nuevas expectativas creadas por la pornografía. Ya no sólo es la obcecación masculina por la talla de su pene, que le resulta inquietante al compararle con la del actor, o su empeño por seguir creyendo que cuanto más rabiosamente dé embates a la vagina de una mujer, mayor placer proveerá; las mismas mujeres gustosamente se adaptan a la exigencia. Acicalan o ‘despelucan’ su vulva, (cuya nulidad de vello fue puesta de moda por la industria), se obsesionan con experimentar las reacciones físicas, los gestos exacerbados, esperando sentir lo que el porno traza que deberían de sentir; que están obligadas a sentir. El encuentro con lo opuesto las arrebata aún más de sus sensaciones.

Es probable que muchas disfunciones ya estudiadas y por describirse sigan encontrando su origen o promoción en el hábito, gusto o adicción a ver pornografía. Y éstos ya no son únicamente propios del universo masculino como se presumía: de acuerdo con Jason Dean, fundador y consejero de uno de los principales servicios de apoyo a adicciones en el Reino Unido, desde 2005, por cada tres consumidores compulsivos de porno, hay una mujer. Probablemente las cifras difieran en Latinoamérica pero es un hecho que la búsqueda por el rocío inmediato de dopamina a través de la exposición a imágenes sexualmente explícitas, en ambos géneros, es cada vez más comparable.Aunado a este poder -a su efecto neuroquímico-, los contextos culturales, el morbo, la transgresión a las “moralidades” y hasta el ocio y las formas de socialización, nos han permitido parir a un monstruo de millones de cabezas al que resulta complejísimo combatir; si bajo el análisis social que contradictoriamente lo sataniza, se deseara. Porque no dejamos –ni pretendemos dejar- de alimentarle: sólo en su versión en línea, con un promedio mayor a 60 millones de reproducciones al día para un solo sitio web ‘de moda’. Y cabe mencionar, que se calcula que existen más de 420 millones de páginas y redes con contenido sexual explícito; profesional o casero (Reporte Pornhub, 2015).

Tal vez sea imposible concebir una sexualidad en ausencia del porno. Prácticamente cualquier individuo desde la pubertad (o previamente) ha estado expuesto a alguna imagen. Ya sea por curiosidad, accidente o adicción, de algún modo nuestros ojos recibirán pornografía. A inicios de 2011, el doctor Simon Louis Lajeunesse lanzó una investigación que pretendía analizar las percepciones y conductas de hombres de diversas edades que nunca hubieran estado expuestos a algún modo de pornografía para compararlas con los de usuarios regulares. No pudo llevarse a cabo ya que no hallaron a ninguno del primer grupo. Su equipo asevera que el 95% de la población global masculina desde los 15 años ha estado en contacto con algún modo de pornografía; dejando un 5% especulativo a poblaciones específicas –con nulo acceso a la tecnología- o muy ortodoxas.

Ante todo esto, tal vez quisiéramos aún defender al porno, aunque los matices nos empujen desde diversas líneas a sucumbir. Porque como herramienta erótica percibida como ficción, es un hecho que adereza encuentros y autoerotismo. No obstante, los seres humanos nos hemos mostrado incapaces de detectar esa calidad de ficción en ella. No poseemos las herramientas que nos permitan identificar su potencial para hacernos tergiversarle. Empero, esa es responsabilidad del individuo como consumidor. Lo ineluctable está en los múltiples aspectos oscuros detrás de la industria que la posicionan como indefendible: abuso de menores, uso de sustancias, tráfico de personas, utilización de animales, propagación de infecciones entre los actores, nula ética. Existen poquísimos sectores de la misma que se adaptan a las supuestas políticas de los órganos que han intentado regularle. Así como poco abundantes son las propuestas enfocadas en ligarla con el erotismo, que entonces sí permita que las producciones resulten incluso una guía amatoria. Porque, pese a nuestra mala costumbre de calificar de erótico al porno, no lo es. Ni encara nuestras deficiencias sino las magnifica.

La pornografía, en realidad no es transgresora ni liberadora, no es una bandera de autonomía; nos mantiene aún más sujetos. Y no se trata de abominarla o culparle de nuestros graves huecos como sociedad pero sí de mirarle retando a nuestras incongruencias y dobles caretas. Porque, si bien existe (afortunadamente), la libre expresión, entonces la industria de este tipo de contenidos no debe estar eximida de ésta (Hernáiz Blazquez, 2013). No obstante, entramos complejas subjetividades.

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