Sí, todos hemos sentido ese golpe, casi podemos ver cómo los pedacitos caen de nuestro pecho. Ya sabes, cuando terminas con alguien, o cuando te enamoras de quien no te corresponde y un hecho aclara que la cosa no se va a armar; o cuando tu pareja te suplanta (o sea te pone los cuernos). En fin, lo que haya pasado te tiene en un alarido de dolor. Pero, hay que entender varios aspectos para salir de ahí:

Esa sensación de angustia, melancolía, tristeza, miedo (a que se repita o a no volver a sentirte bien), tiene dos componentes: emocional y físico.

El Ego se siente pateado, lo que eras cuando estabas con esa persona o cuando armaste toda esa ilusión alrededor de lo que podrían ser: ya sabes “apenas te dijo hola y ya te viste cargándole un chamaco” o ya te imaginaste cómo sería salir con tus amigos, las posibilidades o claro, el sexo… todo eso ‘se murió’. Ya no existe y duele.

De inicio, porque al cerebro no le gusta el cambio. Está diseñado para crear patrones que le permitan diseñar un mapa de coincidencias para garantizar tu supervivencia. Cuando algo debe cambiar radicalmente, o te insta a aprender y adaptarte a un panorama nuevo, el primer razonamiento será “Neeeel, no y no”; de desagrado, de negación y de resistencia.

Y por otro lado ese cerebro siente síndrome de abstinencia. Cuando te enamoras produces un chorro de sustancias como dopamina, feniletilamina, noradrenalina y de pronto, ¡pum!, se interrumpieron porque ya no existen esos eventos que te permitían segregarlas en tu cabezota. Obvio al terminar una relación ya no habrá ese feed back. O bien,  cuando alguien te rechaza o te queda claro que no te ha elegido ni te elegirá se interrumpe esa composición de imágenes y espejismos que creaste respecto a ustedes, a todos esos “Y si…”, de darse esa anhelada relación, y ya no producirás el cóctel de químicos cerebrales que te creaban la ilusión y la esperanza.

Entonces sientes ahogo, angustia, ansiedad, tal cual experimenta el síndrome de abstinencia un adicto a cualquier droga cuando se la interrumpes. Porque toda esa dopamina que sus neurotransmisores rociaban felizmente a sus receptores, se detuvo. Literal, eso también experimentas cuando se rompe tu corazón.

Por otro lado, realmente duele físicamente un rompimiento amoroso. Tu cerebro identifica la misma sensación aunque no se exprese en alguna zona corporal específica. Un estudio liderado por el Dr. Ethan Kross de la Universidad de Michigan, confirmó mediante aplicación de resonancia magnética, que en una persona que acaba de experimentar una separación amorosa o rechazo social, se activan las mismas áreas que soportan los componentes sensoriales del dolor físico (corteza somatosensorial secundaria e ínsula posterior dorsal). Concluye que ese ‘corazón roto’ y/o autoestima pateada se equiparan con una quemadura; incluso pueden colaborar a desarrollar trastornos crónicos como la fibromialgia.

Pero hay claves para salir de ahí, relájate.

  1. Paciencia total y bondad contigo. Entender justo lo anterior, comprender que estás pasando por un fenómeno neurobiológico complejo y que se enlaza con tu ego dolido, con las heridas emocionales pasadas, con esa voz interna que viene desde el miedo o las experiencias no placenteras y que te grita: “No eres suficiente, no lo fuiste; fracasaste”. Callar esa voz no es simple. Lo mejor es darle atención, decirle (si quieres hasta en voz alta, es de ayuda), “Te escucho y te entiendo. Sé que vienes de situaciones pasadas y dolorosas pero soy compasiva(o) conmigo y estoy lista(o) para decirme cosas que realmente me aporten y apoyen en este proceso”. Y repítete cosas chidas que pienses de ti. Las hay.

2.   Y que te quede clarito desde ya, “No eres responsable de no haber sido elegido o no amado por alguien. No puedes controlar lo que otros sienten por ti”. Tampoco eres responsable de sus decisiones ni de sus actos.

3. Date dosis de PRESENTE. Dejar que tu mente vuele al momento doloroso, o a lo bueno que vivieron, a zambullirte en las palabras no dichas o lo que debiste haber hecho NO ES ÚTIL. Trata de mantenerte en el aquí, así como es. Abraza el momento presente aunque por ahora no sea agradable; es el único modo de aceptarlo, integrarlo y dejarlo ir en su momento.

Respira. Concéntrate sólo en la entrada y salida del aire en tus pulmones. Expira por tu nariz haciendo sonar el aire con garganta y con la boca cerrada como si un murmullo de viento escapara de ti. Eso te devolverá al presente. Ahora, estando más en calma, date cuenta que sólo es un pensamiento lo que te está ahogando; no existe.

4. Vive el duelo. Como los grandes, date permiso. Expresa lo que sientes, escribiéndolo, platicando con amigos. Evita hablarle o escribirle a esa persona lo que crees que no quedó resuelto al menos hasta que tu mente esté en calma, lo cual tomará tiempo; incluso semanas. Date espacio. Y de nuevo, mantente en el presente. No hagas de esa expresión de lo que sientes un hábito obsesivo. Porque hasta los amigos más amorosos se hartan de escucharte hablar del tema 24/7  y NO ES SANO. Ya lo expresaste, ya identificaste qué sientes. Listo. No todo el día ni todos los días.

5. Deja ir ese momento, experiencia y persona. Agradece la experiencia. En serio. Dirás “Vete al demonio, ¿gracias?, ¿de qué?”, Pero créeme, hay mucho que agradecer. Todas las personas tuvieron un espacio en nuestra experiencia para que aprendamos algo de nosotros mismos. Y cuando esa persona se va de nuestra vida o estamos forzados a dejarla ir es porque la lección terminó en su presencia. Y vienen otros aprendizajes que nacen justo de la separación o de la lejanía. Todo va a pasar. Te lo juro, esto también va a pasar. Repítele a esa persona (para ti, no es su cara), “Te dejo ir en paz y armonía. Gracias, la lección está aprendida”. Verás que todo irá tomando claridad e irás integrándolo hasta que un día en verdad te alegres por esa experiencia de corazón roto.

Échenle, que todos salimos de esto.

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