De acuerdo a encuestas y estudios recientes, los mexicanos tenemos 96 relaciones sexuales al año, díganse ocho relaciones sexuales al mes, dos a la semana por ende. Los hombres reportan tener 103 mientras que nosotras unas 88 veces.

Lo que otros análisis incluyen – y no constituyen ningún secreto- es a partir de los 35 años la asiduidad de las relaciones cada vez es menor.
El factor que más influye por encima de lo hormonal es una cuestión puramente práctica. Es obvio que si llegas a casa a las ocho de la noche de la chamba, todavía tienes que ver que si los chamacos hicieron la tarea, que si hay que preparar la cena, terminar la chamba que te llevas a casa, lavar los trastes, preparar el día siguiente, etc., no va a llegar la varita mágica de la libido, te va a tocar y vas a decir ‘¡Ah! ¡estoy caliente!, está bien, cogeré’. El deseo debe fomentarse, sobre todo porque el enamoramiento químico para ese entonces con seguridad ha desaparecido.
Como ya hemos platicado antes, cuando nos enamoramos somos una bomba bioquímica. Cuando comenzamos una relación o estamos en la etapa deliciosa del flirteo, se produce en el cerebro la FENILETILAMINA, compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas. Al inundarse el cerebro de esta sustancia, éste responde mediante la secreción de dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer), norepinefrina y oxitocina (además de estimular las contracciones uterinas para el parto parece ser un mensajero químico del deseo sexual), y comienza el trabajo de los neurotransmisores que dan lugar a los arrebatos sentimentales, en síntesis: se está enamorado, dopado, idiotizado. Estos compuestos combinados hacen que los enamorados puedan permanecer horas haciendo el amor y noches enteras conversando, sin sensación alguna de cansancio o sueño.

El affair de la feniletilamina con el amor se inició con la teoría propuesta por los médicos Donald F. Klein y Michael Lebowitz del Instituto Psiquiátrico de Nueva York, que sugirieron que el cerebro de una persona enamorada contenía grandes cantidades de feniletilamina y que sería la responsable de las sensaciones y modificaciones fisiológicas que experimentamos cuando estamos enamorados.

Pues bien, este proceso no dura más que 18 meses. Luego viene el verdadero amor. Peeero, después solemos permitirnos ser víctima de la costumbre. Nos amamos, sí pero nos vemos bajo otra dinámica. Es entonces cuando el sexo se hace un hecho fortuito y casi casi, de fuerza mayor. Hay que buscarlo, hay que darse momentos en pareja a solas, fantasear y fantasear. La fantasía sexual es un motor único. Compartirlas en pareja. Y planear, ni modo, agendar. Cuando se anda en friega no queda más que agendar. Claro haciéndoselo saber a la otra parte, porque nunca falta el que se prepara, la que se depila hasta el más allá y cuando llega en plan seductor su pareja se niega por x razón y ahí vienen los hard feelings.

Igualmente, cuando ya se está en esa etapa se debe vivir el enamoramiento de otro modo, sin caer en el típico ‘la amo por buena madre’, o ‘lo amo porque es un padre responsable’. ¡Tener hijos no nos exime de participar en el sexo ni nos quita la calidad personal! Hay que encontrar en el otro –en el ser que es independientemente de su papel de padre o madre- la razón por la que estamos enamorados y lo que amamos de ellos. Integrar la erótica en la relación es vital para que no lo convirtamos en un hecho fortuito.

La mayoría de la gente tiene sexo pensando. Por eso se vuelve mecánico y tedioso. Incluso, eso crea la angustia de desempeño, la dificultad para orgasmar, la incapacidad para crear una verdadera intimidad, intimidad no es coito, no es genitalización. Porque el ruido mental no da paso a la conexión sensorial. La colaboración consciente no consiste en pensar qué estás sintiendo sino en sentir lo que sientes. No puede existir una erótica entre amantes si no tienes una erótica de vida, si no sabes disfrutar, si estás imposibilitado para contactar contigo mismo. Y por supuesto,  ¡a buscar el deseo! La razón –como malamente se cree- no está en una falta de testosterona, está en la falta de búsqueda.

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