Estamos biológicamente diseñados para la multiplicidad sexual pero vivimos en una sociedad que establece que debemos tener una pareja para toda la vida. ¿Estamos sometidos a un régimen antinatural o nos hemos adaptado como muestra de superioridad de especie?

La exclusividad sexual, especialmente la femenina, fue un producto más del nacimiento de la propiedad privada. El mundo ha sido construido por poder y sexo. Una vez que dejamos las hordas paleolíticas y nos organizamos en tribus donde comenzamos a tener una importancia como individuos; previamente se vivía la esencia de la comunidad: todo era de todos, hasta los hijos- la poligamia y poliandria, entonces parte de la convivencia, resultó un obstáculo. Porque cuando el excedente de recursos producto del sedentarismo y la agricultura, generó que distintos miembros tribales se apropiaran y acumularan lo que antes se obtenía como medios de subsistencia inmediata, ya no resultó nada deseable heredarlo a los hijos de quién sabe quién.
Entonces la elección de pareja no se ajustó sólo a la biología por una búsqueda de genes aptos sino de protección y subsistencia con base en el poder social. Algo que seguimos ejerciendo.

Las mujeres nos convertimos en ‘propiedad’ de la pareja hace unos siete mil años. Debimos dejar nuestras prácticas poliándricas para darle exclusividad a quien parecía que nos dotaría de los mejores medios para que nuestras crías sobrevivieran.

Comenzamos a pensar más con la cabeza y menos con las hormonas, pero pagamos el precio. Previamente nos apareábamos con quienes nos apeteciera y poseyeran rasgos indicativos de supremacía genética. Y no sólo con fines placenteros, sino de continuación de la especie. El tener sexo con varios en un mismo ciclo, en especial los días de picos de fertilidad (cuando la libido nos lo indicaba), aseguraba que varios millones de espermatozoides de diversos hombres competirían en nuestro útero. El que lograra fertilizarnos en definitiva sería el más fuerte y nuestros hijos no morirían tan fácilmente. Pero la comida y el techo ya no se dividían equitativamente entre todos, desapareció el bien común. El reto entonces era emparejarse con quien almacenara lo suficiente para darnos oportunidad de parir y criar sin pasar hambre. Porque aunque sembrábamos, recolectábamos y hasta cazábamos y pescábamos, no era simple hacerlo con una barriga de ocho meses de embarazo y otras cinco crías por cuidar. No se diga defendernos de depredadores. Necesitábamos ayuda y la obtuvimos. A cambio debíamos prometer pertenecerle. Nació la monogamia. Pero, ¿inventamos algo que no podemos cumplir?

Biología vs adaptación
Los hombres instintivamente, buscaron aparearse con tantas mujeres como pudieran con el fin de que alguna de sus semillas ‘pegara’. Dada la enorme y entendida competencia. Sin embargo, una mujer siempre sabrá quién es su hijo pero ¿ellos cómo podían estar seguros? No quedaba más que ponerle una casa, mantenerla y creer en ella. Aun así, hoy que contamos con pruebas de paternidad por ADN, se ha encontrado que no hemos abandonado del todo nuestra búsqueda de variedad sexual. En 2005, un estudio del Centro de Salud Pública de la Universidad John Moores de Liverpool reveló que uno de cada 25 británicos podría estar criando al hijo de otro. Suponen que este porcentaje aunque variable en cada país debe mantener una media del 2 al 3% a nivel mundial, otros aumentan la cifra significativamente. De ese modo, la paternidad se le atañe al que consideramos más apto socialmente pero queremos un depositario de sus genes al que traducimos más apto físicamente, o sea, que nos atrae más. No cambiaron demasiado las cosas desde el 9500 a.C. cuando nos consolidamos como sociedad con el nacimiento de las primeras ciudades.

¿Qué nos insta a la variedad? Todo sigue en discusión. Aludiendo a nuestros orígenes de organización suponemos que la monogamia es una construcción social. Pero al tiempo, no terminamos de ponernos de acuerdo respecto a qué promueve que no podamos vivir con una sola pareja sexual el resto de nuestros días. Y vienen las comparaciones con otras especies.

El psicólogo evolutivo, David Barash y su esposa, la psiquiatra Judith Eve Lipton aseveran en su libro El Mito de la Monogamia (2003), que de las 4000 especies de mamíferos sólo el 1% son monógamos, principalmente roedores. Aunque cada especie difiere en causas, la principal es la necesidad de sacar adelante múltiples camadas. Las hembras prácticamente no paran de parir. De ese modo, la unión perenne es casi necesaria porque tampoco son muy longevos. Algo que no sucede en los humanos.

Por su lado, el doctor en psicología, Rolando Díaz-Loving, comenta que nuestro periodo de monogamia forzosa, en términos biológicos, es de tres a cuatro años. Previamente nuestro cuerpo nos instaba al apego y la pertenencia con fines procreativos. Vivimos estados fisiológicos alterados cuando a través de la vista y el olor (feromonas) elegimos un organismo apto para ello. La segregación de sustancias como oxitocina, endorfinas y sobre todo dopamina, promovieron la pasión que dio lugar a encuentros sexuales (que en ese supuesto biológico promovió reproducción). Pero pasado este mediano plazo, tenemos que acudir a nuestros procesos emocionales y cognitivos, así como ajustarnos a variables culturales y sociales con el fin de decidir permanecer en unión, concepto que evaluaremos con respecto a nuestro medio.

Es decir, aplicar el complejo libre albedrío para elegir dedicarnos sexualmente a una misma persona.

Lo que el cuerpo pide
Los biólogos y antropólogos defienden tres patrones consistentes que demuestran nuestra naturaleza polígama. Entendiendo que la poligamia refiere a un macho con muchas hembras (miren qué cómodo).

1. El macho es físicamente más grande que la hembra. Por una necesidad de cuidado del harén.
2. Los hombres son más violentos que las mujeres. Lo requieren para competir y controlar al harén.
3. Las hembras maduran sexualmente antes que los machos, porque la intensa competencia entre los cuidadores del harén requiere una ganancia evolutiva para que el sexo ‘cuidador’ demore la maduración hasta ser suficientemente fuerte para tener alguna probabilidad de éxito.

En el caso de las hembras, parece que además de los rasgos biológicos para buscar los mejores genes, la multiplicidad sexual resulta una herencia de conducta ancestral. De acuerdo con la antropóloga y primatóloga Sarah Hrdy, entre los primates en particular, las hembras buscan copulación extra pareja para ganarse un tipo de tolerancia de sus parejas sexuales extra-pareja. Machos de muchas especies (incluyendo langures, chimpancés, y ciertos macacos) a menudo matan a la progenie que no han engendrado para disminuir competencia. Al copular con machos de fuera de su grupo, las hembras pueden estarlos sobornando para evitar esa violencia hacia los hijos que podrían ser de ellos.

Judith Lipton comenta en sus estudios que “A las mujeres les gustan los buenos genes y los buenos recursos en su pareja. Si tiene la oportunidad de aparearse con otro a escondidas; más adinerado o atractivo, lo hará para beneficiarse. Es naturaleza”.
Por otro lado, de acuerdo con investigaciones del doctor Hasse Walum, del Instituto Karolinska en Estocolmo, el potencial de infidelidad depende de la testosterona y de la vasopresina. Los altos niveles de ambas hormonas determinan la conducta de infidelidad; por cierto, siendo mayor en los hombres (propensos en 65% promedio, en tanto en mujeres es del 36%). Se sujeta a una mayor segregación de ambas en el sexo masculino: mientras una muestra normal de saliva de un hombre arroja 90 nanogramos de testosterona, la de una mujer es de menos de 10. Pero en aquellas personas más tendenciosas a la infidelidad el resultado es mayor. Por su lado, la segregación de vasopresina es triplicada debido al gen GR334, presente en 40% de los hombres. En mujeres no se ha estudiado.

Evolución ideológica antinatural

Los nuevos estilos de vida y diversificación de las relaciones, como el poliamor o las prácticas swinger, donde la exclusividad sexual se percibe como obsoleta, según múltiples especialistas como el Dr. Juan Luis Álvarez Gayou, sexólogo y psiquiatra, se presume como el producto de una sociedad más honesta y dispuesta a aceptar su naturaleza. Eso se asume como evolución, al menos psicosocial. Mas, los debates continúan, por ejemplo, un estudio del doctor en psicología Satoshi Kanazawa, de la London School of Economics and Political Science, afirma que mientras más evolucionados sean, al menos los hombres, es más probable que mantengan una misma pareja sexual. De acuerdo a su lógica, la monogamia es el resultante del desarrollo evolutivo: la promiscuidad sexual era necesaria en las sociedades primitivas, por la imperiosa lucha por conservar la especie debido a los altos índices de mortalidad. Según sus investigaciones y mediciones de coeficiente intelectual (CI) en una muestra de hombres, aquellos con mayor tendencia a tener muchas parejas sexuales simultáneas y ser infieles tienen un menor CI que quienes pueden mantenerse por periodos largos con una misma pareja sexual, reconocidos, según su teoría, como más evolucionados.

Por su lado Barash y Lipton aseguran en diversos estudios que los hombres actualmente realizan una búsqueda cualitativa más que cuantitativa al establecer relaciones que impliquen intercambio sexual. Asimismo, que la permanencia en una misma relación es una decisión formulada por valores éticos y culturales, posible en ambos géneros. Pero lo califican de antinatural.

La autora lo equipara de este modo, “Podemos decir que caminar es un hecho natural en humanos, patinar no, pero es posible. Lo mismo pasa con la fidelidad, no es natural pero sí posible”.

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