Las costumbres llegan a ser mordaces porque pese a lo destructivas o injustas que sean, tanto se practican que se dan por buenas. Se vuelven invisibles. Y en este mundo de polarizaciones, los sexos, los géneros, más allá de equilibrar y potenciarse, se ponen el pie en el nombre del ‘bien común’ de una pareja. Aquí, nuestras casi hilarantes maneras de ensamblarnos. Nuestras ya imperceptibles prácticas de dominación del día a día.

La revolución de los sexos sigue siendo un trabajo en proceso. La equidad y todas esas palabras adornadas de libertades que llenan discursos y hasta campañas políticas. No lo neguemos, seguimos en una era en la que prevalecen cientos de creencias respecto a la necesidad de protección de una mujer o la de un hombre de proveerla y eso crea un espacio perfecto para legitimar toda clase de androcentrismos. Pero, las mujeres tampoco dejamos de aplicar esa sutil violencia, porque bajo la mentada condición de fragilidad podemos manipular hasta dulcemente. Ni qué decir de quienes han configurado una relación con una inversión total de roles, donde ella no sólo toma decisiones por él sino literalmente lo somete. Todo ello en nombre ‘del amor’; de emparejarnos como la gente ¿normal?

El poder de lo masculino
Desde que somos sociedad, la supuesta necesaria posición superior de una de las partes le ha dado el lugar del protector –sin ánimo de meternos en un profundo análisis de la historia, la antropología y la genética- al hombre. Y lo masculino por lo tanto se ha traducido como las decisiones transcendentales y el poder, cuya máxima expresión es el dinero; y le dejaron la manipulación como arma a las infortunadas criaturas concebidas sin cromosoma Y. Además de una cuasi obligación: la de conseguir a un hombre, si es que tiene con qué. Y si no, verse disminuida. Debe conquistarlo para ser; y entonces hacerse acreedora a que él, a través de la socialización se encargue de tomar las decisiones que le vayan mejor “a ambos”.

Hoy los roles se han entrecruzado de tal manera que las identidades de rol de cada género se tornan ambiguas. Pero no por ello menos violentas. Y es que cuando pensamos en esa palabra aludimos a la agresión abierta y a la sangre, pero en la práctica de la vida simple, la violencia de géneros se encuentra, como diría Faucault “en lo casi imperceptible, en los límites de la evidencia”. Porque vivimos en microrrelaciones de poder. Porque nos negamos a vivir sin que haya uno que venza o que jale carreta.

Micromachismos, comodidades femeninas
Cada hombre de acuerdo con su bagaje, consciencia (o subconsciencia) mamó la idea de proveer, proteger, ser ‘la cabeza’, para gozar de valía en su círculo de vida y bajo ese contexto que parece benévolo se dio a la tarea de ‘hacer masculinidad’ sin siquiera notar que –primero- le dieron una carga que no le corresponde, porque toda mujer salvo que esté enferma, criando o imposibilitada, puede y debe ser sostén de sí misma en todos los sentidos; y segundo que en esa benevolencia iba a tener que implicar prácticas de control y opinión (irrefutable) respecto a lo que es mejor para ella desde esa óptica micromachista.

Nosotras, por lo tanto también lo alimentamos a través de esa Cenicienta que no terminamos de exiliar de nuestra cabezota: el machismo es un invento convenientemente femenino. Porque es más fácil que alguien decida o guíe por nosotras, no se diga, corra con los gastos. Incluso en nuestra sexualidad, cuentos de hadas interminables que les han dejado la responsabilidad a ellos de descubrirnos eróticamente, de mostrarnos qué y cómo debe gustarnos ser estimuladas; y llevarnos al éxtasis. Cediéndole de nuevo, la pila a la espalda a ellos. Una cama funciona si él sabe qué hacer y dónde.

Y aquellas empoderadas que no sólo conocen su cuerpo en solitario sino en la práctica, saben que deberán luchar contra las vulnerabilidades mentales de su siguiente hombre. Porque no siempre o casi nunca tomará bien que ella le dé indicaciones exactas en el camino de su mapa erótico o tenga una amplia numeralia en su haber sexual. Millones de erecciones se han perdido en las sugerencias, porque él no deja de preguntarse si ella lo cree poco apto en las artes amatorias. Otra microviolencia concebida por creencias limitantes y socialmente aceptadas con respecto a una mayor necesidad masculina de placer, eyaculaciones o amantes. Y por obviedad, de maestría; como si trajeran un manual de cada cuerpo y cada expresión sexual (obviamente distintos en cada mujer) impreso en el ADN o en el pene.

El empoderamiento femenino hembrista
La bandera del feminismo se ha izó desde hace décadas y el radicalismo no tardó en llegar. Y como, una rama de ese radicalismo, denominado hembrismo, surgen los microhembrismos: las prácticas de inferiorización de lo masculino y el uso –en muchos casos perfectamente consciente y amañado- de la condición de género para mover el juego a nuestro favor. Los microhembrismos están todavía más invisibilizados y justificados. Especialmente aquellos que utilizan el chantaje con el propósito ‘de salirnos con la nuestra’. Y el rey de ellos es, el sexo.

Utilizado ancestralmente para mover las mentes masculinas. “¿Te portas como yo quiero?, entonces tendrás sexo”. Así, la forma de comunicación más profunda a la que dos cuerpos pueden llegar se convierte en un medio de negociación e intercambio. En cualquier pareja. Cuando vivimos en una sociedad que repudia el trabajo sexual, la prostitución es una práctica doméstica.

 

La clave es detectarlos
Quitarnos la etiqueta de género sería la primera tarea, y encontrar si merecemos seguir pagando el precio de la comodidad ideológica. Y no sólo las mujeres, porque también hay un buen porcentaje de ella en un hombre que se ‘achicó’ porque su mujer gana más, tiene más ‘poder’ y entonces decidió perder la voz. Lo que sigue es el equilibrio, dejar de emplear comportamientos que aminoren o manipulen al otro sexo; hacerlos conscientes. ¿Tarea fácil? No, porque lo traemos en el tuétano, pero es momento de empezar.

Ser hombre o mujer, ser microviolentos

He aquí una lista de nuestras estupideces sexistas cotidianas ((RECUADRO))

1. “Aunque yo gane más, él es el hombre y debe pagar nuestro techo y comida”.

2. El 60% de las mujeres dejarían de frecuentar a su grupo de amigos si a su pareja le parecen inadecuados (Encuesta Men’s Health “Sexo, pareja y pasión, 2014”).

3. “Si un hombre me invita a cenar es una majadería que me permita pagar lo que yo consumí”.

4. Una mujer por el hecho de llevar un escote o minifalda deberá chutarse la mirada lasciva o chiflidos de los hombres. Cualquiera de ellos dirá que ‘¿Para qué se viste así?’.

5. Una mujer se queja de que el tipo en turno no es capaz de producirle un orgasmo. Ella tampoco sabe cómo provocarse uno, nunca se ha autoerotizado.

6. Si en un bar una pareja ordena un trago y un refresco, se obvia que el alcohol es para él.

7. Una mujer que presiona a su hombre para que gane más dinero, lo está motivando; un hombre que hace lo mismo, la extorsiona.

8. Un grupo de hombres en una cantina está socializando, un grupo de mujeres está pescando hombres.

9. Una mujer que sale con un hombre más joven es una pobre cougar que compra compañía.

10. Un hombre que deja a una mujer porque le parece que no tiene metas profesionales es un vividor, una mujer está sabiendo labrarse un futuro.

11. Una mujer con kilos de más o sobrepeso tiene 35% menos posibilidades de ligar o conseguir pareja que un hombre con la misma condición física. (match.com, 2012).

12. En todos los baños públicos sólo en los cubículos para las mujeres hay estaciones para cambiar pañales.

13. Un hombre que se niega a tener sexo con una mujer es gay de clóset.

14. “Un hombre borracho se ve mal, una mujer se ve peor”.

15. “¿Quieres que me vista y me comporte a tu gusto?, mantenme. Paga por ello”.

16. Si una mujer gana más que su hombre, él es un pobre diablo. Al revés, ella agarró buen partido.

17. Una mujer con condones en la bolsa es una zorra, un hombre salió bien preparado.

18. Una mujer que lleva de compras a su pareja lo hace ver como un chichifo (prostituto), si él lo hace, se ve como un tipo generoso.

19. Un hombre que se queda en casa a criar a los hijos no tiene los huevos para sacar adelante a su familia.

20. El 44% de las mujeres que se coloca implantes de senos lo hace para darle gusto a su pareja. (Encuesta Global Bianual de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética, 2010).

21. Un hombre de más de 40 que no se ha casado es un ‘soltero empedernido’, una mujer una ‘solterona que no tuvo suerte’.

Share Button