La culpa es como un virus, se instala en nuestro cerebro, es resistente y se adapta, muta hasta crear en nosotros una maquinaria poderosa de comportamientos y conductas. Recordarán, si no la primera vez, alguna de la infancia en que reconocieron esa sensación en la barriga; el sabor de la culpa, producto de haber hecho algo que su sentido del bien y el mal les indicó que estaban reprobados. ¿Quién no la ha sentido? Hasta duele, porque sabemos que el precio será el rechazo, el no ser amados; el no ser. Justo ese sentido moral, ético, fue aprendido, originado por los padres o las figuras de poder. Aprendemos qué está bien y qué no, y muchas ocasiones no basados en las consecuencias y en la responsabilidad , o en el perjuicio o daño hacia otros o uno mismo,  sino en mitos o en herencias ancestrales equívocas. Y entran a nuestro sistema, anidan, crecen y nos dominan.

La culpa es inútil como tal, no representa ningún aprendizaje porque lo que en realidad motiva a modificar nuestros actos es la concientización de los mismos, no el habernos sentido culpables por ello. Eso sí, es tan inútil como poderosa porque puede diseñar nuestra vida, nuestras relaciones. En el caso de nuestra sexualidad, la culpa puede llevarnos a somatizar anorgasmia o eyaculación precoz, o dificultades eréctiles, innumerables sensaciones insatisfactorias y disfunciones. Nada se ha heredado con mayor propósito de generar culpa que el mundo del placer y el sexo. Desde niños mamamos ideas, aparatos ideológicos completos sobre el valor del sacrificio, la merma sensorial; porque todo lo placentero, el hedonismo, era peor que pecaminoso. El mismo cuerpo, vaya, obviamente los órganos sexuales eran zonas que ni siquiera podían pertenecernos. Por lo tanto, al mantenernos alejados de una creación del placer propio, destinado y adaptado a la manera en que a lo largo del camino iríamos descubriendo sobre lo que nos resulta satisfactorio o pleno, terminamos por armar un ente extrañísimo hecho de teorías falsas, mitos, miedo y claro la mismísima culpa.

Innumerables los casos de personas que al escudriñar en eso que no sabían cómo llamar o  explicar pero que sentían después de masturbarse, autoerotizarse, tener sexo u orgasmar, le encontraron su nombre: culpa. Y que esa se convirtió en su motor de autosabotaje. En su motor para no funcionar en la cama o en varias camas. Prácticamente todos, a diversos niveles experimentamos culpa antes, después o durante el sexo. Porque por ahí algo sigue avisándonos, recordándonos el bonche asqueroso de ideas que escuchamos o nos dijeron de manera literal sobre lo inadecuado, lo digno de rechazo que era entregarse a una experiencia orgásmica, o de vivencia de una orientación o de experimentar. ¿Cómo podemos disfrutar si nuestro sistema de creencias familiar o social aplaude y premia el fracaso, el dolor, la disfunción? Y al salir del sistema, al vivir algo diferente, no íbamos a ser amados, escuchados y tomados en cuenta. Porque nuestros círculos -la mayoría- se rigen por lo disfuncional. Lo diferente se rechaza. La historia nos lo demuestra, todo lo que resulte diferente a lo que un grupo ha establecido como ‘normal’ debe rechazarse. Y aunque suene ilógico, el placer y la plenitud no son ‘lo normal’. Y, precisamente, este sistema nos pide ‘normalizarnos’, nos pide que dejemos de ser personas.

Y ahí andamos por la vida queriendo encajar en nuestro círculo, ¿cómo podríamos darnos permiso de ser felices o de ser plenos sexualmente si nuestros padres nos enseñaron que eso no debía ser, a ellos también se los enseñaron y a sus padres, sus abuelos y de ahí para atrás? Porque cuántas veces -si encima no nos impusieron el no tocarnos, no sentir- los escuchamos hablar pestes de ‘los diferentes’, de las mujeres activas sexualmente en busca de diversos compañeros sexuales (zorras, putas, nalgasprontas) o de las personas no heterosexuales (lo supuesto ‘normal’ en sus cabezas), y un largo compendio de ‘sexosos’ o calenturientos.

Podemos tener consciente esa culpa o tenerla ahí circulando incluso aunque vayamos por la vida llamándonos hipsters sexuales, liberados de las corrientes establecidas.

En pareja, la culpa establece  cómo maquilamos, tejemos la relación. A veces de manera imperceptible. Digamos que un tipo siente una culpa nada sexual, digamos profesional. Siente culpa porque su círculo le ha enseñado sobre el éxito, y no considera que cumpla con el estándar. No ha creado grandes ideas ni gana más de la media. Esa culpa le llevará a autosabotearse. Cuando nuestros motores son el miedo y la culpa vivimos en una especie de necesidad de resurrección de las situaciones de dolor del pasado con el fin de asegurarnos que no seremos lastimados de nuevo. Entonces el tipo no se mueve de ese sitio cómodo de ‘no éxito’ por culpa, y esa misma lo puede llevar a sabotear a su pareja, porque el que él/ella sea exitoso le creará más culpa. Y cualquiera le podrá decir a dicha pareja del culposo que es envidioso, macho y otros adjetivos. Sí, pero su motor fue la culpa.

¿Cómo se libera la culpa? Con perdón. Perdonándonos y perdonando nuestras creencias limitantes arraigadas. A quienes nos originaron y regalaron esas ideas. Con información y siendo más humanísticos con nosotros, más bondadosos. Ejercitando el perdón, diciéndonoslo, ‘Me perdono por…’, y perdono lo que mi abuelo me dijo sobre… Sólo así la desecharemos, permitiéndonos sentirnos perdonados por nosotros mismos. Porque claro, otro ejemplo: ser infiel genera culpa, porque nos enseñaron que estaba mal atentar contra le lealtad y el compromiso de monogamia. Porque sabemos que nos ardería gasta el tuétano que nos lo hicieran. Pero, el sentir culpa no nos llevará a dejar a la pareja paralela sino la verdadera medición de consecuencias sobre lo que perderíamos de ser descubiertos, lo mucho que afectaríamos a nuestra pareja o hijos, la convicción de que lo que estamos buscando en otra cama está dentro de nosotros y en nuestra pareja pero que la enorme hueva nos impide fomentarlo o descubrirlo o bien, porque no tenemos el valor de aceptar que la relación ya evolucionó y hay que dejarnos ir. Eso es lo que nos libera, no ‘dejar de hacer’ por culpa o sentirla pero seguir cuerneando. Inútil, de nuevo.

Ahora, viene otra paradoja, digamos que sabes que si tu madre supiera tu manera de vivir el sexo, le daría el supiritaco. Tú has aprendido que ‘Todo es válido en la sexualidad siempre y cuando no te lastimes a ti mismo, a tu pareja o a un tercero, física y/o emocionalmente’. Dirás, ‘eso lastimaría a mi madre, saberlo’. Pero hay que ser objetivo, ¿por qué la lastimarías? Porque desacatarías su sistema de creencias, pero ¿realmente la lastimas? ¿Hay un perjuicio real? Porque si no objetivas puedes seguir sintiendo culpa por el resto de tus días. Venga otro ejemplo. Una mujer que no se permite tener orgasmos porque en cuanto percibe sensaciones placenteras algo comienza a ‘decirle’  que está haciendo algo malo, es muy pero muy probable que no haya necesitado vivir una experiencia ‘traumática’ como el haber sido abusada por el maestro o el sacerdote del cole. Pudo simplemente haber sido reprobada por su madre alguna ocasión en la adolescencia cuando la encontró ‘fajando’ con su puberto novio. Sus palabras pudieron ser tan convincentes sobre lo ‘cochino’ de sus actos que le regaló una culpa que ella es muy probable que herede a sus hijos. Y así nos vamos.

Perdónense y por arte de ‘magia’ su sexualidad mejorará, sus relaciones y elegirán mejor los sistemas o círculos familiares y sociales que desean que los abracen y los impulsen a ser ustedes. Como ustedes conciban que SON.

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