Toda expresión comportamental (antes mal denominadas parafilias) considerada ‘no tradicional’ suele activar sensaciones de culpa e inadecuación debido al afán generalizado de rechazo hacia lo diferente. Es el caso del BDSM, que se ha puesto muy de moda en los últimos años gracias a las famosas 50 Sombras de Grey. 

Eros y tánatos unidos en una faena de golpes y orgasmos. El latigazo de placer y el porqué de la búsqueda del dolor por satisfacción. Analicemos. 

Terminar un encuentro sexual con moretes, dolorimiento, marcas enrojecidas y –posiblemente- heridas sangrantes, no es el ideal para la mayoría de las personas. Sin embargo para un practicante de sadomasoquismo (SM), son trofeos, signos de una contienda exitosa. Pero, ¿por qué? ¿Algo está ‘desconectado’ en su cabeza? ¿De dónde viene esa pulsión por el desafío a la muerte o a la pena?

Un cerebro entrecruzado
El proceso de vivencia de placer surge de un estímulo, mismo que indica una recompensa y envía una señal a la zona ventral tegmental (VTA) del cerebro, que libera dopamina en el núcleo accumbens , el septum, la amígdala, y la corteza prefrontal. Se traduce en un estado de bienestar.

Creemos que el dolor es su opuesto, no obstante, no viven tan alejados entre nuestra compleja red de cables. Pues en 2006, el doctor Jon-Kar Zubieta y su equipo, hallaron un giro total en la dopamina: es abundante al experimentar dolor. Este psiquiatra y radiólogo de la Universidad de Michigan colocó a un grupo de mujeres y hombres en situaciones de deleite como comida o fantasías y recuerdos sexuales. Posteriormente aplicó dolor en sus mandíbulas y les pidió que evaluaran cómo se sentían. Cuanto más intenso calificaban el dolor -causándoles angustia y miedo-, más dopamina liberaban en el núcleo accumbens y los centros de placer.

La reputación de la dopamina como la maestra de la diversión y el hedonismo, cambió por completo. Permitió comprender por qué hay dolores físicos que se confunden con el placer, el típico ‘duele, pero duele rico’ o por qué cuando llegamos al orgasmo nuestra expresión facial es prácticamente la misma que al recibir un golpe intenso. Pero aún más importante: ya que toda adicción depende de dopamina (cuanto más dosis se reciben, más receptores a dopamina se activan), la experiencia de dolor también puede ser adictiva. Esto explica no sólo cómo podemos aficionarnos al sufrimiento emocional (a parejas destructivas o padres abusadores), sino que al activarse las mismas áreas cerebrales, surge una suerte de entrecruzamiento de información, donde el dolor crea una señal de placer: la base del masoquismo.

Lo anterior, mezclado con aspectos emocionales personalísimos, y nuestro expresiograma, es decir el mapa irrepetible que determina lo que cada uno traducimos como excitante, erótico y atractivo, se crean los ingredientes que llevan a una persona a querer experimentar el dolor como parte de su repertorio sexual. No es trastorno ni una enfermedad sino un modo de vivencia del placer.

Desmenuzando el BDSM
El ‘sado’ o sadomasoquismo es una filosofía, una subcultura, mucho más elaborada de lo que pensamos. No sólo consiste en aplicar dolor o dominar; o ser la otra parte: a quien se le infringen los castigos. La construcción parte de innumerables dinámicas.

Son juegos eróticos organizados en torno técnicas, reglamentos, y la auto –maestría; la auto dominación de los deseos. La antropóloga Margot Weiss, en su libro Techniques of Pleasure: BDSM and the Circuits of Sexuality, (Duke University Press, 2011), describe que es imposible puntualizar cada una de las dinámicas ya que son tan infinitas como la imaginación de los amantes. Pero, las analiza desde el sexismo, la erotización de las desigualdades de género. Por ejemplo la dramatización de la dominación masculina heterosexual. Sostiene que la escena ‘sado’ no es un espacio separado de la desigualdad en el mundo real sino que depende, como todo deseo sexual, de las jerarquías sociales; la promesa de nuevos placeres emancipadores en la reproducción de las normas sociales. Es decir, todos tenemos algo de ‘sados’ o ‘masos’ y practicamos esos placeres todo el tiempo. Sólo que no los integramos a nuestros encuentros sexuales.

¿Qué es el BDSM?
Este desafío transgresor, tiene cuatro pilares; de los cuales provienen sus siglas:
B- Bondage o ataduras (esclavismo)
D- Dominación, disciplina
S- Sadismo, sumisión
M- Masoquismo

Siempre hay dos extremos, dos roles que pueden estar integrados por una o más personas, asimismo hay categorías de acuerdo a la dinámica.
Tutor: practicante experimentado que inicia a otro y le muestra los secretos, dominándolo. Por lo general un dominante será tutor de otro dominante, sometiéndolo.
Maestro: Título que un sumiso le dará a quien considere que lo somete a la perfección creándole perfecto placer.
Amo: dominante que posee uno o varios sumisos.
Esclavo, aprendiz, discípulo: sumiso que entrega los límites a su amo/a.

Vamos, por partes
Bondage
Consiste en atar e inmovilizar al disciplinado para aplicarle castigos y obligarlo a rendirse a los deseos de su amo o maestro. Se puede realizar con cordeles, esposas, cinturones, juguetes especiales de piel, cadenas, y hasta complejas maquinarias y muebles. Igualmente, se amordaza, estrangula y/o se vendan los ojos.
Por su lado, el shibari, es una práctica japonesa, (samurái), surgida en el periodo Tokugawa jidai (1603-1868) que originalmente era pate del entrenamiento de dichos guerreros con el propósito de atajar a sus prisioneros a través de complejos nudos con cordeles que abarcaban todo el cuerpo. El kimbaku es el arte para ejecutar el shibari. Como parte del BDSM, consiste en desarrollar una perfecta estética en la realización de los cordajes y nudos, así como la colocación estratégica de éstos en puntos o meridianos del cuerpo, en la búsqueda de un flujo energético adecuado para percibir ciertas sensaciones y entregarse al maestro o dominador. Incluso, como un medio de sanación espiritual.

Dominación y Disciplina
Su propósito es afectar el estado físico y emocional del dominado para vencerlo entre el dolor y el placer; disciplinarlo. Los métodos pueden ser golpear, pellizcar, prensar con juguetes ya sean genitales, pezones o cualquier zona del cuerpo; humillar a través de juegos o ejecuciones (como orinar, eyacular su cuerpo) o colocar collares a modo de mascotas; pinchar, penetrar con o sin juguetes, tirar de las extremidades, quemar, morder, nalguear (spanking), asfixiar o cortar la respiración, y un larguísimo etcétera.

Sadismo y sumisión
El principio sádico (término que alude al Marqués de Sade y sus relatos), es el disfrute a través de aplicar y observar el dolor del sometido. Y la sumisión exactamente lo contrario, el goce de ser dominado y ceder la total voluntad a los deseos (y ocurrencias sádicas) del dominante.

Masoquismo
La diferencia entre la sumisión y el masoquismo es no sólo la concepción de entrega sino el encuentro del máximo placer al experimentar castigos físicos bajo humildad y mente abierta. Se respeta y hasta se ama al dominador en tanto tenga dolor qué ofrecer.
Y las combinaciones por lo regular se dan de la siguiente manera:
B&D- Bondage y Disciplina.
D&S- Dominación y Sumisión.
S&M- Sadismo y Masoquismo.

El protocolo
Como toda expresión comportamental (antes parafilias), tiene un continuo, es decir un grado desde la fantasía hasta la exclusividad; siendo esta última una calidad que implica su necesaria existencia para poder lograr una respuesta sexual. En este caso, la exclusividad estaría comprendida como sólo conseguir dicha respuesta en un ámbito o escenario SM.

Pero al tiempo, está instituida como una subcultura que demanda estudio, y un minucioso entrenamiento. Para su perfecta ejecución se requieren incluso estudios médicos o de fisiología con el fin de evitar la muerte o comprometer la salud del dominado.

Los principales dogmas son “Seguro, Sensato y Consensuado” (acrónimo SSC); y “Riesgo Asumido y Consensuado para la práctica Sexual Alternativa” (RACSA o RACK). Esta terminología conceptual, tiene como fin garantizar que entre los participantes se consensuan y pre negocian las prácticas, las formas de comunicación y mecanismos de seguridad, los límites y alcance. Asimismo, el proceso de recuperación o cuidado que se requiere y que cualquier alteración física y emocional quedará adecuadamente reestablecida.

Otros protocolos más ortodoxos subsisten en los grupos BDSM, respecto al ingreso de nuevos practicantes o tipos de dinámicas. Por ejemplo, dentro de la subcultura ciertos grupos no permiten el switcheo, o sea interpretar ambos roles según la ocasión; y muchos otros se restringen hacia ciertos géneros u orientaciones: en la década de los 80 era frecuente la exclusión de heterosexuales ya que fue una subcultura que se expandió a través del colectivo gay en EU.

En definitiva, no es una práctica para ‘principiantes’ o que pueda integrarse de fondo en un repertorio sexual de manera improvisada. Las consecuencias pudieran ser fatales. Por desgracia, tras su difusión en redes sociales y grupos virtuales, los riesgos se han subestimado. En los últimos años, se ha disparado el interés tras la publicación de la trilogía de novelas 50 shades of Grey, (2011) que no es más que un ‘cuento rosa porno’ sobre un master BDSM –obviamente, millonario, guapo, sensible, aventurero y rescatador- que inicia a la típica chica insegura y ‘del montón’ en dicho mundo de agonía placentera. La autora, la británica E.L. James, encontró la fórmula perfecta para mantener adictos a los más de 31 millones de lectores de 34 países: la minuciosa descripción erótica, aunque bajo una pluma de poca calidad y abundantes mitos sexuales. Este fenómeno disparó en un 60% la venta de juguetes sexuales para BDSM en Londres, de acuerdo con el diario The Guardian y ha provocado que el departamento de bomberos tenga que auxiliar a decenas de parejas que han sufrido incidentes al no poder quitarse las esposas. La versión cinematográfica es ansiosamente esperada.

El debate y la ruptura de la regla de oro
La regla de oro de la sexualidad enuncia que “Toda sexualidad, práctica o expresión sexual es válida siempre y cuando no me dañe a mí, a mi pareja o a un tercero”. En este caso, la ruptura es total ya que aunque se realiza de manera consensuada, existen protocolos y el derecho mutuo de frenar la dinámica, el resultado es justo la producción de detrimentos físicos. Entonces surge la incógnita, ¿hasta dónde podemos hablar de plenitud sexual cuando el deseo es el daño?

Desde los ojos de la práctica del BDSM, ‘Lemuria’, dominatrix, nos cuenta que “bajo el principio del RACK, y bien aplicado, esa ‘regla de oro’ se cumple. Tal vez no de manera textual. Pero tenemos que pensar que no es lo mismo ‘daño’ para ti que para un masoquista. Y no a todos nos gusta sentir dolor. En muchos casos sólo la sensación de estar atado o ciego pero para recibir caricias o sexo oral, por ejemplo. No todos los que lo practicamos pedimos o provocamos sufrimiento, pero cuanto más sometes o te someten, encuentras el sentido real de lo erótico”.

Actualmente se calcula que menos del 10% de la población sexualmente activa en nuestro país practica ortodoxamente el BDSM, de acuerdo con cifras del Instituto Mexicano de Sexología (2010). Pero su ‘espíritu’ es aplicado frecuentemente en repertorios ‘comunes’ como vendar los ojos del amante o los juegos de roles: el policía o la enfermera sexy.

Lo puntual es conocernos como seres sexuales y experimentar, sí, pero con la responsabilidad y los principios. La mayoría de las muertes generadas por prácticas o consecuencias serias por SM, se dan por desconocimiento, mezcla con estupefacientes, e imitación de las fantasías vendidas por imágenes o relatos de quienes lo practican con la responsabilidad necesaria. Y, vaya, si te duele pero te gusta, adelante pero con consciencia y preparación.

Por otro lado, estudios recientes publicados en el Journal of  Sexual Medicine por la University of New South Wales en Sydney, aseveran que las parejas que practican BDSM así como juegos de roles se consideran tanto o más plenos que quienes tienen sexo ‘clásico’ y que sus hallazgos apuntan que es sólo un interés de exploración sexual. Y de hecho, los  hombres que habían participado en el BDSM puntuaron significativamente más bajo en una escala de estrés psicológico que los demás. Calculan que el 2% de la población mundial es practicante. 

 

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