Cuando se aparece ante nuestros ojos una persona a la que nunca antes habíamos visto pero que de la nada simplemente nos provoca toda clase de emociones y sensaciones físicas que nos promueven al acercamiento, en realidad estamos experimentando todo un juego químico.

Pero por qué nos enamoramos de una persona y no de otra. A esto se le llama ‘La Teoría de la Correspondencia’. Es decir, antes de que una persona se fije en otra ya ha construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que le hará enamorarse. El sexólogo John Money considera que los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad como resultado de asociaciones con miembros de su familia, con amigos, con experiencias y hechos fortuitos.

Sumado a lo anterior, surge el juego químico. Estamos literalmente ‘under attack’ de nuestras propias sustancias, hormonas y descargas neuronales. Incluso puede sucedernos aunque esa persona de primera vista no nos guste o no sea ‘nuestro tipo’. De pronto, de la nada queremos acercarnos, involucrarnos y las fantasías se disparan. Esto sucede debido a las feromonas.

Las feromonas son hormonas del tipo esteroideo y son volátiles. Se liberan al ambiente a través de las glándulas sudoríparas, y también se encuentran en los folículos capilares, en la orina y en los fluidos vaginales y en el esmegma (sustancia lubricante con consistencia aceitosa) del pene. Por las mañanas estamos llenos de ellas. Es así que aunque traigamos cara de zombie o las greñas despeinadas somos potencialmente seductores al menos para el órgano vomeronasal del sexo opuesto. Sí este órgano que se encuentra a unos siete centímetros al interior de nuestra nariz. Aunque no sucede concientemente. No podemos decir ‘huele a feromonas’ porque en realidad nadie sabe a qué huelen.

Pero las percibimos y comienza la crónica de la atracción sexual. Somos en realidad los mamíferos que buscan el apareamiento de la manera más peculiar. La mayoría de las especies se deja llevar por ‘el amor a primer olfato’ pero nuestra ‘ceremonia de apareamiento’ de acuerdo a Rolando Díaz Loving, profesor investigador de la Facultad de Sicología de la UNAM, intercambio de favores y de seguridades. Sin embargo, esto no quita que los aspectos bioquímicos dejen de intervenir en el proceso. Lo que nos hace aún más peculiares es que parece que nos proponemos disfrazar o suprimir esta maravillosa capacidad que tenemos. Tapamos nuestras propias feromonas con el baño diario, las cremas, perfumes. Con esto no quiero decir que dejen de bañarse. Pero a veces podemos ser más atractivos sin ponernos la loción que nos promete ligarnos hasta al del micro.

Las feromonas aunque no huelen, afectan a los circuitos cerebrales relacionados con el comportamiento. Asimismo, además de que son exclusivas de cada especie, también parece existir una especificidad de género para ellas, pues los machos no responden a las feromonas producidas por su género, que sí afectan a las hembras, y a la inversa.

De ellas las más estudiadas son la androsterona, producida por el hombre, y la androsteneriona, liberada por la mujer. Ambas tienen una estructura química muy similar, y no sólo actúan como atrayentes sexuales, sino que durante el coito producen excitación. Pero se sabe que también intervienen para generar mayor afabilidad en las comuniones humanas, pues influyen en el carácter y en la tendencia a ser amable.

Ahora el juego químico. 

1. Shots de feniletilamina
El cerebro se inunda de ella acto seguido de la selección de tu objeto de deseo. Es una anfetamina. Surge un estado de alerta, vigilia, excitación e insomnio. Estamos al 100% para conquistar. Nunca estuvimos más despiertos.
Además, genera inhibición en la producción de jugos gástricos, lo que provoca sentir un hueco en el estómago y sensación de tenerlo revuelto (mariposas en la panza). Disminuye el apetito para que nuestros sistemas se enfoquen en procrear.

2. Shots de dopamina, el coctel explosivo
El mayor estimulante del enamoramiento. Traduce toda sensación de gozo. Al caer enamorado, trabajará como lo hace en un adicto a cualquier sustancia: los receptores de dopamina se han ampliado, o sea necesitas cada vez una cantidad mayor para percibir el efecto eufórico porque el cerebro tiene la capacidad de multiplicar las ‘puertas de recepción’. Cuanto más tienes, más quieres.

En 2008, la antropóloga Helen Fisher estudió el cerebro de personas que se decían locamente enamoradas. Encontró actividad en el área ventral tegmental (sistema de gratificación), ahí las células ApEn, producen dopamina y la rocían a diferentes zonas cerebrales. Halló que el efecto es impactante. Altera por completo el proceso cognitivo del pensamiento y de las emociones.

Estamos dopados, el análisis se va de vacaciones dejando en su lugar al deseo, la motivación, la ansiedad y el enfoque a la búsqueda de conseguir a esa persona.
La clásica frase, ‘No puedo dejar de pensar en él/ella’, es verdad. Surge la obsesión, no somos capaces neurobiológicamente de sacar a esa persona de nuestra cabeza. Y comenzamos a distorsionar la realidad, no importa cómo la vea el resto del mundo, para nosotros es perfecta.

3. Accumbens nos da el tiro de gracia
Se activa nuestro núcleo accumbens, centro de recompensa cerebral. Cuanto más se activa, más dopamina secreta y experimentamos más placer lo que nos insta a buscar más. Asimismo, calcula las ganancias y las pérdidas, si debemos o no arriesgarnos. Pero, al haber tal rocío de dopamina te dice ‘¡Apuesta!, ¡ve por todo!’. Los riesgos aunque sean inmensos serán subestimados.

4. Shots de hormonas sexuales
La creadora del deseo sexual, la testosterona corre a altos niveles. Tú sólo quieres otro beso, otro orgasmo. La calentura te domina. Perfectamente combinada con oxitocina, que los mantendrá apegados. No importa si se ven todo el día, quieren más. Estar lejos genera síndrome de abstinencia lo que comúnmente llamamos ‘extrañar’.

5. Shots de adrenalina
Responsable de poner al organismo en estado de alerta. Ingrediente que nos insta a buscar y dar más en un estado perenne de estrés. Se combina con la serotonina, que avisa sobre el bienestar. El resultado es un sufrimiento que se goza. Nos altera, expone pero no lo notamos; nos hace sentir vivos y energizados.

Locura que se cura
Pero este proceso tan intenso no puede durar demasiado. El enamoramiento antecede a lo que conocemos como ‘amor’. La primera etapa es la del coctel del desenfreno, del erotismo exacerbado. La segunda llega a los pocos meses o a los pocos años. Y sucede inexorablemente. Viviremos disminución del deseo y un aumento -o aparición- de otros sentimientos como compañerismo, tolerancia, deseo de permanencia. Un apego más consciente y no tan instintivo. La antigua perfección creada por nuestro estado dopado comienza a desaparecer y surge el análisis respecto a las afinidades, satisfacciones e intercambio de beneficios. ¿Realmente nos conviene estar juntos? Y notamos que existe un mundo y personas alrededor.

¿Por qué tenía que acabar? Por salud mental y física. Porque tu cuerpo tuvo que defenderse del ataque químico. Por qué sucede en algunos antes y en otros después, sigue siendo un misterio. Hipótesis como la de Helen Fisher apuntan hacia las hormonas que intervienen; al tiempo que tardarán en llegar a su meseta para bajar. Se da a distinta velocidad de un organismo a otro, en una media de 18 meses. Pero, de quedarnos en esa fase, ¿qué nos sucedería?

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