Desde niños encontramos un placer culposo a las situaciones ocultas. A los espacios físicos o virtuales que sabíamos que sólo nosotros y nuestra conciencia -quizás acompañados por un círculo cercano- conocíamos. Una tienda de campaña hecha con cortinas, la casa del árbol, el típico club donde podíamos ser sin las miradas juiciosas del resto. Y no porque necesariamente estuviéramos haciendo algo indebido sino porque la complicidad y la sensación de sabernos escondidos era apasionante. Creación de intimidad pura. La base de la fraternidad, la pertenencia. Saber y compartir ideas o conceptos que nadie más conoce, darle personalidad a ese grupo convocado en el lugar apartado. Precisamente el espíritu de muchas sociedades secretas. Porque más allá de salvaguardar información ultra secreta o misterios ancestrales cuyas revelaciones que podrían derrumbar al mundo, dichas sociedades crean en sus miembros un sabor de secretismo que disfrutan al saberse aislados de la ignorancia y otras virtudes o defectos del mundo ‘exterior’.

Y ese sabor es precisamente el que nos lleva y en ocasiones ciega ante una relación erótica o emocional (o ambas) que nadie puede conocer porque rompería con los compromisos adquiridos o con las reglas morales, sociales, éticas que adquirimos -quizás por mera adaptación sin siquiera preguntarnos si queríamos adherirlas a nuestra realidad. Y ahí estamos con ese dulzor amargo de lo oculto. Inconfesable, tal vez hasta al mismo sujeto de deseo, porque lo amamos o deseamos en secreto y ni se las huele. O a sabiendas aún es intocable porque es pareja de alguien cercano o porque hay un lazo de amistad que no se atreve a traspasar. O claro, de mutuo acuerdo y por razones de pareja, sociales, familiares o hasta laborales mantienen ese idilio lejos de las sospechas.

Los ingredientes y el contexto entonces nos trepan a un viaje repleto de subjetividad. Porque no es solo él/ella, es el rush del peligro, las estretgias que deberán aplicar para no ser descubiertos, la elección de lugares que se convertirán en su ‘club del árbol’. Todo lo que deberán acordar para poder ejecutar su amor prohibido. Y todas esta poesía (casi barata), produce un efecto: intimidad. Se crean grados de intimidad en ocasiones aún mayores que si vivieran su relación a todas luces. Porque la complicidad y lo prohibido la exacerban. Y se convierte en el motor de la continuidad. Por ello muchas parejas que comenzaron con relaciones escondidas, una vez descubiertas y con capacidad para vivirse en público se tambalean hasta la ruptura. Porque perdieron su motor.

El mayor meollo está en la dotación de cualidades que surge. Porque esa persona bajo la sombra se vuelve perfecta, incondicional y termina súper dotada de una calidad que cae en el espejismo. Aún si él  o ella no lo saben cuando no nos atrevemos a cantarles nuestro deseo: los convertimos en el ideal de nuestro imaginario erótico. Tal vez no es más que un pelmazo o una perfecta perra pero para nosotros resulta irresistible porque ya lo creamos así. Cuando hay contacto, el sexo y la erótica son mega placenteros porque nada como lo prohibido y el sabernos ocultos para despertar el deseo. Y el apego hormonal, neuroquímico, afectivos se dan a manos llenas. La sola idea de perderse es todavía más temible porque no sólo se perdería el contacto sino las sensaciones de intimidad y secretismo creadas. El blindaje que fabricaron de la mano (o de los genitales, valga la mención).

Pero sucede, muchas veces y bien se pregona que no hay nada oculto bajo el sol. Y se sabe. Con frecuencia obligando a interrumpir el merequetengue. Y ahí nos vemos con tremendo síndrome de abstinencia por esa persona y las sustancias que nos hacía producir. Y el espejismo se fomenta más, porque qué rico dotarle aún más de cualidades a la persona perdida. Ya mero le ponemos un busto en plena avenida principal. Ya ni Julieta y su Romeo.

Encerrados en una situación que sabemos prohibida pero que alimenta nuestro ego y sus funciones, así como el contexto antes mencionado será muy probable que dejemos que avance hasta que se haga insostenible. O podemos luchar contra el ataque bioquímico y tratar de enfriar la cabeza en especial si alguno de los dos está en otra relación. Y balancear. Nadie dice que sea simple pero a veces poner la cabeza en hielo nos salva. Analizar las subjetividades y claro, la dotación de cualidades que es muy probable que no alcancemos a ver aún. Pero si la ética personal, la culpa y otros alfileres se nos andan encajando hay que hacerles caso. A lo mejor es momento de revelarlo, porque ejemplo cuando lo oculto se debe a inconformidad de tus padres o familia o porque en donde trabajas las relaciones están ‘prohibidas’. Tal vez es momento de alzar la voz y hacer valer las razones (si las hay). O no. Hay que ser honestos y determinar si esa prohibición posee razón, es probable que la naturaleza de la prohibición sea protegerte pero no alcanzas a verlo porque la calentura efervescente te tiene dopado. Cada quién.

No siempre el amor secreto se quedará en la experiencia a recordar en la vejez sin consecuencias. Muchas veces transformará todo y romperá mucho. Hay que saberse detener y apechugar siendo bondadosos con nosotros. Sabiéndonos convalecientes ante la pérdida que viene o que decidiremos provocar. Porque son pocos los que corren con la suerte de mejorar sus relaciones a raíz de un amor secreto producto de la infidelidad. Tema que dejaré pendiente para el próximo post. Porque interesantísimo, muchas parejas cuerneadas ven su libido dispararse cuando saben que su hombre o mujer ha estado con otra/otro y terminan enriqueciéndose como pareja. Pero ya lo platicaremos.

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