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¿Por qué una mujer puede amar más a sus hijos que a su pareja? Las razones de la evolución - El blog de Elsy Reyes

Por siempre hemos escuchado en todas las culturas que nunca habrá un amor más grande que el de una mujer hacia su hijo. Y en efecto, a nivel neurobiológico nada lo supera.

Aunque una mujer pueda estar profundamente enamorada o ejem… enculada; digamos más ortodoxamente- infatuada con un tipo, y por ello, pese al fortísimo juicio social, abandonarlos para irse a vivir su aventura idílica, su decisión pasará por muchas más transacciones mentales, culpas y situaciones límite que las que experimentaría un hombre en la misma situación. Porque nadie dice que no pueda suceder; sin embargo no es tan frecuente porque el mismo procesamiento le resultará doblemente complejo que a un hombre, que puede deslindarse emocionalmente con mayor facilidad de sus críos.

¿Por qué sucede esto? Es un tema evolutivo. Así de simple:

Durante el parto y la lactancia, madre e hijo producen altos niveles de oxitocina, fenomenales niveles, generando un vínculo muy intenso. Esta neurohormona es la que nos mantiene unidos, crea comportamientos de solidaridad y compasión. De hecho, una mujer al momento de ser madre se vuelve mucho más solidaria con el resto de la gente; esa dulcificación nunca se da en mujeres que nunca tuvieron hijos. Y de hecho, los hombres y mujeres más fríos, crueles e incluso con comportamientos criminales tienen bajos niveles de oxitocina.

Y aunque todos segregamos también esta neurohormona al enamorarnos, excitarnos y orgasmar, se da en menor cantidad. Mucho menor que en la que se segrega en una relación madre-hijo. Tomando además en cuenta que las mujeres producimos de manera natural 35% más oxitocina que los hombres durante una relación sexual y a lo largo de la vida.

Por otro lado, Oscar Galicia, doctor en investigación biomédica del Departamento de Fisiología de la UNAM, explica que las respuestas cerebrales asociadas al amor romántico y materno comparten expresividad en las mismas áreas como el núcleo caudado, el núcleo accumbens, la corteza singulada y la ínsula. Pero, la intensidad de la respuesta en el amor maternal supera al amor romántico por mucho. La madre –neurobiológicamente- no puede evitar amar más a su hijo.

La cosa es que en ‘la vida cotidiana’ esto tiene su detrimento. Porque pese a que múltiples consejerías de pareja advierten que la real manutención de una relación de pareja a largo plazo está en poner por encima -incluso de la atención a los hijos- el nexo emocional, erótico-sexual y las complicidades que configuran la convivencia, la mayoría de las mujeres (no generalicemos, también hay hombres que tienen dicho comportamiento), tienden a enfocar mucha más energía, contacto y creación de nexo con sus hijos que con su pareja una vez que ‘se vuelven madres’. Aunque, como bien se sabe, ellos -los hijos- tarde o temprano harán su vida y de pronto una vez que se gradúan,  se mudan y hasta se desconectan del hogar de crianza, esas parejas se sienten extraños en soledad porque todos esos años, dejaron de ser pareja y de dedicaron sólo a ser padres. Y su erótica de amantes ya es casi nula, porque todo su erotismo (su contacto a través de los cinco sentidos) se desgastó en sus vástagos. Y vienen retos importantes, pero también una etapa interesantísima de rediseño amatorio. Aunque, claro, complejo.

 

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